Read "Satiricón" by Petronio online for free on Textopian. Full text with search, annotations, highlights, and AI-powered reading aids.
Reanimado por este relato, interrogué al anciano, más instruido que yo, respecto a la edad de varios cuadros y sobre el argumento de algunos que me era desconocido; interroguele también acerca de la causa de la decadencia de las bellas artes en nuestro siglo, sobre todo por lo que respecta a la pintura, de la que parecen no quedar ya ni vestigios. Entonces él: - La concupiscencia del dinero, dijo, es la causa principal.
Antes, cuando sólo el verdadero mérito era ensalzado, florecían las bellas artes, y los hombres a porfía se disputaban la gloria de transmitir a las generaciones venideras todos los descubrimientos útiles.
Asó viose a Demócrito, nuevo Hércules, destilar el jugo de todas las plantas conocidas, para conocer a fondo las propiedades vegetales y consumir su vida toda en tales experiencias; Eudoxo envejeció subido a la sima de altísima montaña para contemplar más de cerca los movimientos del cielo y de los astros; Crisipo tomó tres veces elébor para purificar su alma y hacerse más apto para nuevos descubrimientos.
Pero, limitándonos al arte plástica, Lisipo murió de hambre por ceñirse y dedicar su vida a perfeccionar los contornos de una estatua, y Myrón, que hizo, por decirlo así, pasar al bronce el alma humana y el instinto de los animales, no encontró heredero.
Por el contrario, nosotros, entregados a la voluptuosidad y a la embriaguez, no osarnos ni elevarnos al conocimiento de las artes; aunque censores de la antigüedad, sólo enseñamos y cometemos toda clase de vicios.
¿Qué hemos hecho de la dialéctica? ¿Dónde está la Astronomía? ¿Adónde hemos relegado la moral, ese camino hermoso de la sabiduría! ¿Quién, añadió, va hoy al templo, y hace votos por lograr la elocuencia? ¿Quién pide a los dioses que le descubran las fuentes de la filosofía?
Ni siquiera se les pide la salud.
Toda esa multitud que sube al Capitolio, antes de pisar los umbrales del templo, unos prometen, ofrendas si tienen la dicha de enterrar a un pariente rico; otros si descubren un tesoro; estos si logran amontonar antes de morir treinta millones de sestercios.
El mismo Senado, arbitro del honor y la justicia, suele votar mil denarios de oro al Capitolino, y no vacilan en fomentar de este modo la concupiscencia, comprando los favores de Jove.
No te lamentes, pues, de la decadencia de la pintura, ya que los dioses y los hombres hallan mayor placer en contemplar un lingote de oro que en las obras maestras que Apeles, Fidias y los demás griegos locos hicieron. Pero veo que absorbe por completo tu atención esa tabla en la cual se ha representado el sitio de Troya; voy, pues, a tratar de darte la explicación de tan magno asunto en verso: