Read "Satiricón" by Petronio online for free on Textopian. Full text with search, annotations, highlights, and AI-powered reading aids.
¡Feliz, díjole Eumolpo, la madre que te echó al mundo! ¡Sé siempre tan virtuoso!
Sé ejemplo de la feliz unión de la sabiduría y la belleza.
No has tomado en vano mi defensa, me has convertido en tu adorador, y voy a cantar tu elogio en verso.
Yo seré tu maestro, tu custodio, y te seguiré por donde vayas, sin que trate de estorbarlo Encolpio, que ama a otro.
Felizmente para Eumolpo, el soldado aquel me había quitado la espada; de otro modo toda la furia que me había producido la traición de Ascylto, se hubiera vuelto contra el viejo, y la hubiese aplacado vertiendo su sangre.
Giton, comprendiolo así, y so pretexto de ir a por agua, abandonó el cuarto.
Su oportuna salida apaciguome un poco, y más calmado: -Prefiero aún, le dije, tus versos a tu prosa, cuando en ella expresas semejantes deseos.
Tú, libertino; yo, arrebatado e iracundo; ve, pues, que no podernos congeniar. ¿Te parezco, quizás, un furioso? Evita, pues, los accesos de mi locura o, más claro, márchate en seguida y que no te vea yo más.-Aturdido por este apostrofe, el viejo, sin pedirme explicaciones, sale del cuarto, atrae hacia si la puerta, la cierra con doble llave, mete ésta en su bolsillo y se va con Giton dejándome encerrado.
No me esperaba yo acción semejante, y en mi desesperación resolví ahorcarme.
En consecuencia, ya había juntado el lecho contra la pared, y ya iba a echar el nudo fatal a cuello, cuando abriendo la puerta apareció en la estancia Eumolpo con Giton, volviéndome a la vida.
Al comprender Giton mi designio, exhaló un gran grito de rabia y dolor; me tomó en sus brazos, y echándome en el lecho, a la inversa: -Yerras, Encolpio, me dijo, si has podido creer que morirás antes que yo.
Antes que tú, yo busqué una espada en casa de Ascylto, pues había resuelto morir si no me reunía pronto contigo; y para probarte que la muerte no desdeña a quien la busca, vas a gozar del espectáculo que quisiste proporcionarnos.
Dicho esto, arrancó a un sirviente de Eumolpo una navaja de afeitar que llevaba en la mano, y pasó dos veces el corte por su garganta para degollarse.
Sobrecogido de espanto, lánceme sobre el cuerpo de Giton y apoderándome del arma homicida, resuelvo morir con él.
Mas el acero no me hace ni un simple arañazo y ni él ni yo sentimos dolor alguno.
En efecto; la navaja era una de las que se dan a los aprendices de barbero para adiestrarlos.
Por eso el sirviente no habíase conmovido al ver a Giton llevar el arma a su garganta.
Eumolpo había considerado con sangre fría aquellos suicidios mímicos.