Satiricón by Petronio

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Irritose Licas al oír estas palabras, y: -¿Es posible, exclamó, que alguien se haya rapado los cabellos en mi navío y en noche tan hermosa? Que traigan a los culpables para que su sangre purifique la nave. -Yo he ordenado, contestó entonces Eumolpo, que se les rapase.

He querido volverme favorable los auspicios, pues que tengo que hacer el viaje con ellos.

En castigo de sus crímenes llevaban los cabellos largos y enmarañados, y a fin de no convertir en cárcel el navío, ordené a mi barbero que los afeitase, queriendo además que los estigmas infamantes estampados en sus frentes no se ocultaran por la amplitud de su cabellera, a un de que todos puedan leer en sus rostros su castigo. Entre sus varias obras, hacían la de comerse mi dinero en compañía de una meretriz querida de ambos; allí los sorprendí la noche última perfumados con esencias y borrachos perdidos.

En suma, creo que acabarán por arruinarme .

Sin embargo de esto, Licas, para purificar su navío nos condenó a recibir cuarenta latigazos.

La ejecución siguió inmediatamente a la sentencia.

Dos marineros, armados de gruesas cuerdas, se precipitaron sobre nosotros ansiosos de aplacar sus divinidades tutelares con el derramamiento de nuestra abyecta sangre.

Yo recibí con espartana nobleza los tres primeros azotes; pero Giton, al primer golpe, lanzó un grito tan penetrante, que Trifena se conmovió, creyendo conocer ella y sus damas la voz del paciente.

Los mismos marineros, condolidos y desarmados por la hermosura del muchacho, suspendieron los azotes, abogando por él, con la mirada, ante Licas.

Las sirvientas de Trifena, que se habían lanzado hacia el niño al oírle gritar, exclamaron con grandes voces: -Es Giton, ¡Giton!, suspended los crueles azotes. ¡Giton es, señora: socorredlo!- No bien hubo herido este nombre el oído de Trifena, siempre se cree con facilidad lo que se desea, voló al lado del niño.

Licas, que me conoció perfectamente, no tuvo necesidad de oír mi voz para acudir a mi lado, y sin pararse a examinar ni las manos ni el rostro, miró atentamente más abajo de mi cintura, reconoció el sitio con sus manos y asegurose, de que era yo. -¡Salud, Encolpio!, me dijo.

No de otro modo la nodriza de Ulises reconoció al hijo del rey de Itaca, después de veinte años de ausencia, por una ligera cicatriz.

Así, como hombre prudente, reconoció Licas, por un pequeño indicio, a su fugitivo.

Trifena, deshecha en lágrimas, creyó verdadero nuestro suplicio, tomando por reales los estigmas grabados en nuestras frentes y nos preguntaba afligida:- ¿A qué prisión os arrojaron por vagabundos? ¿Qué crueles manos os infligieron tan terrible suplicio?

En verdad, merecíais un castigo, ingratos, por haber desdeñado nuestros beneficios.

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