Explore "Insolación y Morriña" by Emilia Pardo Bazán on Textopian. Read with annotations and highlights.
Nada transpiró de esta conjuración doméstica. Guardó silencio doña Aurora, porque las mujeres saben callar muy bien si se lo proponen y si están en juego intereses de su corazón; y Don Gaspar se cosió los labios, porque temía más que al cólera á las cuchufletas é insinuaciones del Fiscal, y otro tanto-revelemos estas interioridades-á la fiereza de su hija Felisa. La cual, suspicaz como una esposa, alarmada por los instintos de elegancia, sociabilidad y galantería del anciano, se había dedicado á buscarle lo más feo, zafio é intratable del ramo de maritornes, porque siempre veía perfilarse en el horizonte la fatídica silueta de una madrastra. Hasta que Felisa emprendiese su viaje hacia la quinta parte del mundo, no se atrevía el viejo ni siquiera á indicar el propósito de llevarse consigo á tan dulce y linda sirviente. Costábale mucho trabajo reprimirse y esperar, porque su senectud era niñez antojadiza é impaciente, y cuando tardaba en cumplírsele un deseo, á dejarse llevar de sus impulsos, hubiera pateado. El desahogo que tomaba era cogerle las vueltas á los tertulianos para encontrar sola á doña Aurora, y hablarle difusamente, como hablan los viejos, de sus planes, de lo bien que iba á estar con él Esclavitud, de todas las atenciones que le prodigaría, de lo fácil que es servir un nombre pelado, con otras cosas del mismo jaez. Y cuando por haber gente delante no podía explayarse el buen señor, dirigía á su «amiguita respetable» miradas y guiños de inteligencia, le sonreía sin motivo y en fin buscaba salida á aquella plenitud de espíritu digna de otra más ardiente edad. «Dios nos conserve el juicio», reflexionaba la señora. «No sé por qué nos pasmamos de que se chiflen los rapaces, cuando los señores mayores se ponen así.
Aun á los rapaces mismos no les da tan fuerte. Voy á comprar unos pañuelos tamaños como la Sábana Santa, para limpiarle las babas á este bendito señor. El diablo me lleve si no está rabiando porque la hija tome las de Villadiego para recoger á Esclavitud más corriendito. Si yo no supiese que por otra parte es una persona buenísima, y que la muchacha tampoco me parece capaz de una mala partida con él, tendría algún reconcomio. Porque nadie es capaz de saber á dónde llegan estas cosas, y si le da por casorio ó una barbaridad semejante.» La idea era tan bufa, Don Gaspar casado con una muchacha de veinticinco, que la señora de Pardiñas se rió sola, y el monólogo acabó por una rascadura de aguja de calceta en el moño, y este corolario: «Yo no tengo culpa si llega á suceder algún caso estupendo. Proporcionarle una buena colocación á una buena criada, no es delito. Lo que siento es que esa empalagosa de Felisa Febrero nunca acaba de tomar el tole para Filipinas.»