Insolación y Morriña by Emilia Pardo Bazán

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Los primeros días estuvo como gallina en corral ajeno. Realmente, fuese debido á sus antecedentes históricos ó á la extraña enfermedad nostálgica que padecía desde su llegada á Madrid, la chica aparecía desmejorada y en un estado de caimiento que, si no la impedía trabajar con asiduidad y hasta con ardor, la quitaba esa valentía que hace insensible el trabajo. Su demacración era evidente, y aunque por las esbeltas proporciones del talle y por ciertos rasgos de su cara se revelaba muy joven, por el carácter, el estado de ánimo, la severidad de su continente, cualquiera podía calcularle la edad en veintiocho ó treinta.

Es de advertir que esta especie de murria y desaliento no le impedía cumplir estrictamente su obligación. Al contrario, Esclavitud realizaba el tipo de la criada modelo. Levantábase muy temprano, casi con estrellas, y antes de que la cocinera hubiese soñado en encender la lumbre, ya estaba ella arreglando todas las menudencias concernientes al desayuno de los amos. Desde el primer día se reservó la preparación de chocolates, y los hacía con esmero clerical. El secreto, que ya va perdiéndose, del tiempo, hervores y batiduras indispensables para que una solución de cacao salga aromática, ligada y substanciosa, lo poseía tan á fondo Esclavitud, que doña Aurora juraba no haber probado en su vida chocolate por el estilo. En barrer tampoco se quedaba atrás. Con el pañuelo atado á la curra y las sayas recogidas, pero sin gran alboroto ni mucho trasteo de muebles, barriendo manso, por decirlo así, nadie sería capaz de descubrir un átomo de polvo en los lugares por donde había pasado aquella inteligente escoba. El no sacudir con exceso, ni aporrear demasiado con los zorros, molestando á todo bicho viviente so pretexto de limpiar, era un mérito más á los ojos de doña Aurora, enemiga de la gente arrebatada y brusca. Pero donde la fámula nueva descollaba era en el repaso. Veíase que estaba menos acostumbrada á trabajos de fogón y á trajines caseros que á la labor sedentaria, en silla baja, junto á una ventanita. En dos horas despabilaba el canasto de ropa, y eran de admirar sus invisibles zurcidos, sus mañosas piezas, sus indestructibles presillas y sus firmes botones. Doña Aurora decía á las amigas:

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