Explore "Una sociedad mejor" by John Kenneth Galbraith on Textopian. Read with annotations and highlights.
La economía de mercado se basa en la respuesta no programada ni controlada de los distintos fabricantes y empresas, grandes o pequeños, a los deseos y poder adquisitivo de los consumidores nacionales y extranjeros. El poder que impulsa este mecanismo se origina en la actividad productiva a que responde el poder de compra. Un círculo cerrado. Esta es la esencia del sistema de mercado. Con el colapso del socialismo en Europa oriental y en la Unión Soviética y las sustanciales modificaciones que ha sufrido en China, no hay otro sistema. Una cuestión central, como todo el mundo sabe, es hasta qué punto esta entidad económica, esta máquina, funciona con independencia y hasta qué punto precisa apoyo y limitaciones sobre el poder de compra, la demanda efectiva, que es lo que posibilita el sistema. Adicionalmente y con carácter de urgencia está la cuestión de qué orientación y control debe tener esta máquina para que sirva y no perjudique al interés público; concretamente, qué regulación estatal se necesita. Este último es uno de los temas sociopolíticos más disputados en este momento. El conflicto se da entre los que son partidarios del funcionamiento autónomo y automotivado del sistema y, en especial, de los intereses pecuniarios de quienes desde esa posición participan, y los que ven evidente la necesidad de intervenir para contener las tendencias socialmente dañinas y profundamente autodestructivas. En los últimos tiempos el ataque ideológico masivo ha arremetido contra la normativa estatal dentro y sobre el sistema económico. Una vez más se trata de una forma de escapar al pensamiento. No hay ninguna norma específica; la decisión, como en otras cuestiones, debe tomarse según los méritos del caso concreto.
Hay cuatro factores que obligan a la intervención y a la regulación públicas. Está, en primer lugar, la necesidad de proteger ahora y a largo plazo el planeta, requisitos normativos que suelen describirse como destinados a impedir la destrucción del medio ambiente. Son el tema del capítulo siguiente. En segundo lugar, la necesidad de proteger a los más vulnerables de los empleados por el aparato productivo contra los efectos adversos de la máquina económica. De esto se ha ocupado un capítulo anterior. En tercer lugar, la propensión más que ocasional de la economía a producir y vender bienes o servicios deficientes o materialmente perjudiciales. Y, por último, el sistema contiene dentro de sí tendencias que son autodestructivas de su eficaz funcionamiento. Cada uno de estos factores, repitamos, crea un fuerte conflicto, con matizaciones ideológicas, entre quienes entienden que el sistema es una fuerza por completo independiente, y que ellos son merecidamente compensados por esa misma razón, y quienes argumentan a favor de la acción protectora y correctora. En un determinado momento la máquina económica fue la fuente de los elementos esenciales, simples y puros, de la vida económica: los alimentos, el vestido, el alojamiento, el combustible, el transporte, las materias básicas. Si cualquiera de estos productos caía en manos de un monopolio, la confusión era inevitable. Hoy el cambio económico y los mayores niveles de vida han hecho a la vez disminuir y aumentar la necesidad de una regulación de los productos y de los fabricantes. La inmensa globalización de la vida económica, para utilizar el término de moda, ha hecho disminuir la amenaza del poder monopolista y de la consiguiente explotación. En Estados Unidos, en lugar de tres fabricantes de automóviles -oligopolio- hay numerosos competidores, extranjeros y nacionales. Tampoco es única IBM, sino que hay numerosos proveedores de ordenadores y de software. Lo mismo pasa en otros países.