Los hijos muertos by Ana María Matute — Read

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Hacia las seis de la tarde el cielo pareció cubrirse por una cortina casi negra, de color de pólvora. No se adivinaba el contorno de las nubes y apenas una difusa claridad de plata iluminaba los bordes de Cuatro Cruces, Sagrado y Oz. Daniel comprendió que se cernía la lluvia. Una lluvia opresiva que podía durar días enteros y dejar el bosque empapado, el suelo resbaladizo, gelatinosas las hojas que lo cubrían todo como una alfombra de oro. A Daniel Corvo le gustaba la lluvia, pero no aquella lluvia negra, azotando los árboles como un castigo. Algo flotaba en el aire, denso y cargado. Y, sin embargo, no habría ni relámpagos ni truenos: sería una lluvia sorda, clavándose en el gran silencio del bosque. Daniel estuvo mirando al cielo largo rato, hasta que sintió dolor en la nuca. «Mal les irá a los de las batidas». Podía ser un consuelo pensarlo, pero aquel cielo y el olor de la tierra, que ya anunciaba el agua, traían un lejano olor a muerte.

Vio huir a una ardilla, luego a un pájaro. Su carrera y su vuelo eran de huida, no cabía duda: no eran una simple carrera o un vuelo corto. Si huían los animales, algo ajeno al bosque había en el aire.

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