Los hijos muertos by Ana María Matute — Read

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Daniel Corvo fue hacia la ventana y la abrió. Siempre a aquella hora la tenía abierta, y no se debía cambiar la costumbre. Esto estaba claro dentro de él, entre tanta confusión como le dominaba. Esto y el saber «son ahora, aproximadamente, las dos de la tarde», y el comprender «no será fácil esto: van a venir aquí en seguida, a hurgar, como dure la cosa». «Hablando de amigos: aquél, allá abajo. No hay amigos, no existen amigos: ni para él ni para mí». Todo lo otro, lo que le quemaba y exaltaba era tan confuso, tan incomprensible.

Abrió la ventana. La niebla se había adelgazado. Sólo un tenue velo desdibujaba los contornos. Del barranco subía un resplandor anaranjado. «Ha salido el sol, por fin». Pero era un sol frío, que no calentaba. Y la hierba y los troncos, y aquellas hojas de oro que rozaban la ventana, brillaban como después de la lluvia.

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