Explore "Los hijos muertos" by Ana María Matute on Textopian. Read with annotations and highlights.
Qué cosa más rara pasó con el viento y la niebla. Todo quieto a su alrededor. Sólo oía las pisadas del chico, tropezando con las piedras. Seguía mirando su nuca, sus manos amarradas: parecía que empezaban a hinchársele las muñecas. Debía tener frío. Se le notaba en el color de las manos y de los pies, calzados con sandalias negras, sin calcetines: un color amoratado. «Mejor que no le vea los ojos». Daniel apretaba algo entre los dientes. Algo que le recordaba un olvidado crujir como de vidrio triturado, de arena fina y traidora, contra el paladar.
Algunos se acostaban entre la arena. En el extraño pueblo gris, algunos, como en una tumba, se metían debajo de la manta ahuecada, semienterrados. Extraño pueblo de mantas a ras de la arena, apenas levantadas con estacas, con mortajas. Buscaban el sol, con las manos debajo de los sobacos, dando pequeños saltitos, luchando con el frío. De alguna parte sacó una manta, él también. Una vieja manta parda, no muy gruesa: una manta de campaña, de soldado. Como vio a otros, le hizo un agujero en el centro, para sacar la cabeza. Así quedaba envuelto como en una chilaba, y al ocultar los brazos parecía un enorme pañuelo puesto a secar. Todo el campo estaba lleno de grandes pañuelos así, grises y pardos, colgados de alguna parte. Aún no estaban organizadas las cocinas, y venían los camiones con el pan de boule y las latas de sardinas.