Explore "Los hijos muertos" by Ana María Matute on Textopian. Read with annotations and highlights.
A eso de las diez de la mañana se levantó un viento que empezó a despejar la niebla. Aun así, seguía la cortina blanca desgarrándose entre las ramas, flotando en jirones mecidos de un lado a otro. Daniel estaba cansado. Anduvo de prisa, como en los tiempos lejanos de La Encrucijada, y ya no tenía quince años.
Caminó seguido de lejos por el ladrido de los perros y el paso de los guardias, entre las dos vertientes. «Hemos entrado en terreno de lobos», se dijo. Ya por la cumbre andaban los dañinos, vigilando. «Sí: aquí ya ha empezado el hambre de los lobos. No tardarán en acercarse al pueblo. Me acuerdo que una vez, a primeros de octubre, se arrimó uno hasta Cueva Regalada y atacó a un niño». Hacía muchos años. Cuántos años, de aquello. «Hacen daño los lobos. Sí: son mala cosa. Y oírlos, por la noche, da vértigo. Pronto, cuando llegue la nieve, empezaré a oírlos todas las noches, y no me va a gustar». Nunca me gustó oírlos, de lejos, con sus aullidos. Se oían desde el desván, y yo a veces me tapaba los oídos. Tampoco a Verónica le gustaba. Una vez, se vino a mí con los ojos llenos de lágrimas, a pesar de que ella no solía llorar, y dijo: «No debían aullar los lobos». Tenía razón, y se lo dije: «Debería hacerse algo para que no aullasen: no es cómodo taparse los oídos».