Explore "Los hijos muertos" by Ana María Matute on Textopian. Read with annotations and highlights.
Se habían consumido los leños, casi enteramente. Entre las cenizas, brillaban tizones menudos, como cristales rojos. Sólo quedaba el resplandor amarillento de la lámpara de petróleo, encima de la mesa. Por algún lado entró una mariposa -quizá se había quedado pegada en un ángulo de la pared-, y ahora revoloteaba en torno al tubo de cristal, proyectando su sombra movediza y agigantada en la pared.
Sonaba de cuando en cuando un levísimo crepitar, allí, en los rescoldos. No sabía cuánto rato había pasado, desde que Mónica se acostó. Él había dicho: «Me echaré en el suelo, con la manta». Pero no lo hizo. No, se había quedado allí, en la silla, con los pies descalzos extendidos hacia la lumbre, sin decir nada. Ahora, ella estaría dormida, o quizá pensando. Seguramente estaba pensando en el chico, porque le amaba. «Eso dice, por lo menos. Dice que le ama. ¿Sabrá ella, ciertamente, lo que es amor? Puede ser. Sí, puede ser que ella lo sepa, que ellos lo sepan. Yo soy el único que puede dudar de esas cosas». No había querido mirarla, desde que ella se acostó. Pero ahora hacía mucho rato que estaba así, en silencio, mirando hacia las llamas, que poco a poco fueron apagándose, muriendo ya, definitivamente, en su nicho de piedras. Escuchó, con cierta desazón, el rumor de la respiración de Mónica. Suave, uniforme, apenas perceptible a otros oídos que no fueran sus oídos de cazador.