Los hijos muertos by Ana María Matute — Read

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En Hegroz, a últimos de enero de 1948, el guardabosques de los Corvo se mató sin querer, cuando la batida contra los lobos. Decían que el arma que usó era vieja y mala, y le estalló en la cara, dejándosela como una esponja. Como era hombre sin parientes ni amigos, únicamente fueron a enterrarle el viejo Gerardo Corvo y los chavales de la escuela, porque les obligó el cura. Los chicos se hartaron de tirar piedras a la caja, mezcladas en los puñados de tierra de rigor, porque les encantaba el ruido al chocar contra la madera de la tapa. Claro que a él, el guardabosques, le daba ya igual cualquier cosa, buena o mala que fuese. Sólo Gerardo, la mirada opaca, el cuello torcido, en sus raídas galas de los días solemnes, le envidiaba su suerte, entre las cruces mohosas y la tierra grasa, aglutinada, del cementerio.

Ayer, los Corvo. Durante años y años, señores casi absolutos de Hegroz. Enriquecidos en América, vueltos a la tierra natal, tirando de ellos con sangre antigua. Ayer, los abuelos de Gerardo, desde la ciudad a Hegroz, en el verano, bajo un sol desapacible, jinetes por los altos caminos de Neva. Llegaban todos los años al pueblo, caravana negra y brillante, entre la doble hilera de álamos de plata verde, chirriantes las piedras bajo las pezuñas. Los Corvo. Sus hombres, sus mujeres, sus criados, sus perros y sus equipajes. Contaban más de veinte caballos, y les seguía siempre un rumor de risas y de ladridos que fustigaban el odio, la envidia, el rencor, desde muchos años atrás. Violentos, sensuales, gentes de aluvión. No eran amados. Su plata americana rodaba insolente, siempre hacia ellos, humillando. Hegroz era un pueblo de jornaleros, de pastores a sueldo, de desposeídos.

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