Amores by Ovid — Read

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¿Habrá quien admire todavía las bellas artes y crea que tienen algún / mérito los versos enternecedores? En otro tiempo el ingenio se apreciaba / más que el oro; hoy el no poseer nada es una gran barbarie. Mis libros / deleitaron a mi hermoso tormento; han podido penetrar en su casa, y a mí / se me niega este permiso. Los alabó en extremo; pero después de / alabarlos me cerró la puerta, y a pesar de mi genio, vago sin rumbo fijo / de acá para allá. Apareció un rico de ayer, un caballero harto de / sangre, que al precio de sus heridas se labró una cuantiosa renta, y fue / suya la victoria. Insensata, ¿podrás estrecharle en tus hermosos brazos / y reposar en el lecho oprimida por los suyos? Si lo ignoras, su cabeza / solía cubrirse con el yelmo; el cuerpo que pretendes gozar ceñía la / espada; la mano izquierda, en la que sienta mal el anillo de oro, traía / el escudo, y si tocas su diestra sentirás aún su crueldad. ¿Serás capaz / de oprimir sin repugnancia esa diestra cansada de matar? ¡Ay!, ¿dónde / está aquella delicadeza de tu corazón? Repara en sus cicatrices, / vestigios de las pasadas luchas; cuanto tiene, con su sangre lo ha / comprado.

Tal, vez te relate a cuántos hombres degolló, y tu avaricia osará / tocar las manos que lo atestiguan; mientras yo, el sacerdote puro de las / Musas y de Febo, canto mis versos inútiles a tu puerta cerrada. Los que / sabéis vivir, no aprendáis las artes sin provecho que cursamos, sino a / seguir la carrera de las armas y los crueles campamentos. En vez de / componer inspirados versos, alístate, Homero, entre los primípilos, y / así conquistarás las caricias de tu amada. Júpiter, persuadido de que no / había nada tan poderoso como el oro, se convirtió en él para seducir a / una virgen. Sin el aliciente de las dádivas, fué duro el padre, la hija / desdeñosa, las puertas infranqueables y la torre de bronce; mas así que / el adúltero astuto ofreció ricos presentes, Dánae descubrió el pecho, / accediendo a sus pretensiones. En la edad en que el viejo Saturno / ocupaba el trono del cielo, la tierra celaba en su seno tenebroso todos / los metales; el bronce y la plata, el oro y el pesado hierro pertenecían / a los Manes, y no existían los tesoros; el suelo, en cambio, daba otros / más ricos: sin romperlo el corvo arado, producía las espigas, los / frutos y la miel destilada del hueco tronco de la encina; nadie abría los surcos con la aguda reja, ni el agrimensor señalaba / los límites de los campos; los remos, aun desconocidos, no azotaban las / olas imponentes, y la costa era el último confín de los mortales. La / índole de los hombres, industriosos contra sí mismos, ingenióse en / acarrear infinitos males. ¿Qué ganó en ceñirlas ciudades de torres y / murallas, poniendo el hierro en las manos de los pueblos enemigos? Si te / hallases contento en la tierra, ¿para qué necesitabas surcar el / piélago? ¿Por qué no intentaste escalar el cielo como un tercer reino? / Mas en lo posible también aspiras al cielo. Quirino, Baco, Hércules y / César tienen templos como los dioses. Despreciando los frutos, / arrancamos a la tierra filones de oro, y el soldado granjea las riquezas / adquiridas a costa de sangre. La curia se cierra a los pobres; la renta / concede los honores; de aquí salen el juez adusto y el bravo caballero; / háganse dueños de todo, dominen en el campo de Marte y en el foro, sean / árbitros de la paz y la guerra sanguinaria; mas no lleven su avidez / hasta desposeernos de nuestras queridas, y nos daremos por satisfechos / si permiten a los pobres poseer alguna cosa. Pero hoy, aunque una joven / iguale a las ásperas Sabinas, obedece como sierva a los que pueden dar a / manos llenas. El guardián me rechaza, ella teme verme víctima de la / cólera del marido; si diese con prodigalidad, el uno y el otro me / franquearían la casa. ¡Oh!, si hay algún dios vengador del amante / desdeñado, reduzca a polvo las riquezas tan mal adquiridas.

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