Explore "Memorias de un Vagón de Ferrocarril" by Eduardo Zamacois on Textopian. Read with annotations and highlights.
Como los trasatlánticos -- según dicen -- la vida ferroviaria, en sus distintos aspectos, brinda al observador exposiciones magníficas de caracteres y excelentes muestrarios de tipos. Yo miro constantemente fuera y dentro de mí, y conforme mi perspicacia se asotila, veo multiplicarse las figuras y vestirse de importancia cosas y hechos que antaño estimé baladíes. A mi alrededor el mundo me parece, simultáneamente, más sencillo en su esencia, y en su aspecto más polifacético, vario y heterogéneo: donde antes no distinguía nada o muy poco, ahora percibo mucho: una atención bien disciplinada vale un microscopio.
Entre las emociones que primero llegaron a mí, he consignado la que me produjeron los discos blancos, verdes y rojos, en la obscuridad de la noche; en cambio, en los banderines, de iguales colores, de los guardabarreras, no reparé hasta mucho después, quizás porque de día, bajo el imperio analéptico del sol, el peligro asusta menos. Luego reconocí mi injusticia, mi ingratitud, hacia esos empleados obscuros que, con calor, con frío o con lluvia, a la hora bochornosa de la siesta, en Castilla, y entre las nieves de las madrugadas cántabras, aguardan el paso de los trenes y con su banderín -- como el espada con su muleta -- parecen engañar a la Muerte y apartarla de nuestro camino. ¡Cuántas veces, en las noches de niebla, la locomotora marchaba despacio y pitando, y los vagones, empavorecidos, nos estrechábamos unos a otros, cuando, de súbito, la bandera blanca de un guardabarrera nos devolvió a todos la serenidad! . ¡Y cuántas veces también, en uno de esos momentos en que el sueño o la excesiva confianza parecen vendarle los ojos al maquinista, un banderín rojo nos atajó y detuvo a pocos metros del desastre! .