Explore "Memorias de un Vagón de Ferrocarril" by Eduardo Zamacois on Textopian. Read with annotations and highlights.
Los individuos que en el anterior capítulo procuré describir, son "fundamentales" y les tropezamos en todos los viajes, como si la naturaleza conservase sus arquetipos o prototipos y hubiese obtenido de ellos millares de reproducciones que después repartió por los incontables caminos del mundo. Según dije, el elemento físico o plástico de estos perfiles, puede variar -- y varía -- hasta lo infinito: el viajero "galante", el "madrugador", "el señor que no duerme". serán gruesos o delgados, boquirrubios o carinegros, viejos o jóvenes: esto, lo accidental, no tiene importancia: lo inmutable, lo que en ellos resurge inflexible, es su carácter, su personalidad arcana o espiritual, que ni ceja, ni se entibia, ni se curva.
Pero al lado de estas siluetas con rasgos manifiestos "de familia", aparecen "los raros", que por serlo escasean; las almas díscolas, las voluntades inadaptables que, al pasar, lo hacen irradiando a su alrededor un poco de inquietud. En ellos su misma vida interior, rotunda y férvida, les impone una cara "suya", pues ya sabemos que el rostro es la tribuna adonde el alma se sube a hablar, y el púlpito es, casi siempre, espejo del orador. "El raro", de consiguiente, impresionará, verbigracia, por su manera de mirar -- aunque ni el tamaño ni el color de sus ojos sean extraordinarios -- ; por su modo de peinarse, de vestir, de cortar las páginas del libro que se dispone a leer; ¡por algo, en fin, undivago y filante, que le es privativo! Justamente su simpatía, el interés que despierta, provienen de ahí.