Explore "Fiebre de amor" by Eugenio Fromentin on Textopian. Read with annotations and highlights.
Este cambio se operó de la noche a la mañana y fue radical. No era ya el momento de vacilar y enfriarse. Tenía horror a las medias tintas. Me gustaba la lucha. La energía superabundaba en mí. Rechazada en una parte, mi voluntad tenía necesidad de revolverse en otro sentido, de buscar un nuevo obstáculo que vencer, en pocas horas, por decir así, y lanzarse sobre él. El tiempo se me hacía eterno. Aparte toda cuestión de tiempo me sentía, si no envejecido, a lo menos muy maduro. No era yo un adolescente a quien el menor pesar clava, todo dolorido, sobre las blandas pendientes de la juventud. Era un hombre orgulloso, impaciente, herido, aguijoneado por los deseos y las pesadumbres, que caía, de repente, en lo mejor de su vida -- como un soldado al mediodía de la jornada decisiva, -- con el corazón henchido de agravios, el alma amargada por la impotencia, el cerebro en plena explosión de proyectos.
No volví a poner los pies en el mundo, a lo menos en aquella parte de la sociedad en donde arriesgaba hacerme notar y encontrar recuerdos, que me hubieran tentado. No me encerré tampoco demasiado estrecho porque hubiera muerto ahogado; pero me circunscribí en un círculo de hombres activos, estudiosos, especiales, absortos, enemigos de quimeras, que se dedicaban a la ciencia, a la erudición o al arte como aquel ingenuo Florentín que creó la perspectiva y por las noches despertaba a su mujer para decirle: «¡Qué dulce son es la perspectiva!» Desconfiaba de los extravíos de la imaginación y la puse en orden. En cuanto a mis nervios, que yo había cuidado tan voluptuosamente hasta entonces, los castigaba de la manera más ruda por el desprecio a todo lo que es enfermizo y el propósito firme de no estimar más que lo que es robusto y sano.