La orgía perpetua, Flaubert y Madame Bovary

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Algunas veces, el exceso de trabajo, la tremenda excitación en que lo sume un episodio, un problema de estilo, lo ponen en un estado de desequilibrio emocional, de ira frenética y llega a rozar el colapso nervioso. Por ejemplo, el 23 de diciembre de 1853 trabaja doce horas seguidas -con una pausa de 25 minutos para comer algo- en el paseo de Emma y Rodolphe por el bosque, y, a eso de las seis de la tarde, está tan exaltado, leyendo en voz alta sus propias frases y sintiendo «si profondément ce que ma petite femme éprouvait», que al instante de escribir en el papel attaque de nerfs está a punto de sufrir uno. Con la cabeza aturdida, se pone de pie, va tambaleando hacia la ventana y permanece así, respirando la brisa del río, hasta que se calma. Queda con todo el cuerpo adolorido (Carta a Louise, del 23 de diciembre de 1853). Pero estos estados de euforia son distintos de sus viejos ataques; aparentemente, no los sufrió en esos años.

Las pocas veces que se refiere a su «enfermedad», habla como de algo pasado, lo que abona la tesis de quienes sostienen el carácter neurótico del mal, la naturaleza electiva de los ataques. La literatura fue, en todo caso, su mejor terapia. Es improbable que hubiera ocultado a Louise los ataques por pudor, pues en sus cartas a ella o a sus amigos habla con naturalidad de otras enfermedades que, a veces, dificultaban su trabajo. Además de gripes, resfríos, en agosto de 1854 tuvo un envenenamiento de mercurio (tomaba un remedio a base de esta droga como tratamiento para la sífilis). Durante cerca de tres semanas tuvo la lengua muy hinchada, tanto que no podía hablar y apenas comer. Fue tratado con hielo, lavativas y sanguijuelas. [14] También en esos años brotaron por primera vez en su piel los forúnculos -sin duda consecuencia del avance de la sífilis- que lo atormentarían tanto en el futuro.

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