Explore "La orgía perpetua, Flaubert y Madame Bovary" by Mario Vargas Llosa on Textopian. Read with annotations and highlights.
El revolucionario de la forma, el fundador de la vanguardia narrativa de su tiempo, fue un lector desdeñoso de la actualidad y apasionado de los clásicos. Su máxima admiración, el autor sobre el que vuelve una y otra vez y que le arranca siempre trinos de alegría por la riqueza e «impersonalidad» de su mundo es Shakespeare: «L'ensemble de ses oeuvres me fait un effet de stupéfaction et d'exaltation comme l'idée du systéme sideral. Je n'y vois qu'une immensité où mon regard se perd avec des éblouissements» (Carta a Louise Colet, después de releer King Lear, del 30 de marzo de 1854). Entre los franceses el autor que más amó y releyó fue Montaigne: lo llama «mon père nourricier», lo cita de memoria, lo parafrasea en sus cartas. Los críticos dicen que le enseñó el escepticismo, pero yo pienso que, más bien, Montaigne civilizó un escepticismo en bruto que ya tenía.
Inmediatamente después, su gran pasión es Rabelais, por su inventiva desbocada, su percepción de lo grotesco y su mundo de apetitos en libertad. Lee también, con altibajos de entusiasmo, a Racine, a Rousseau (a quien en estos años tolera pero luego detestará), a Boileau (por quien siente una atracción «formal»: años más tarde también renegará de él), a Buffon, a Ronsard, a Voltaire, a quien siempre apreció (había estudiado, con papel y lápiz, todo su teatro), a Goethe y Byron -amores de su adolescencia-, y, entre los modernos, a Víctor Hugo, al que respetó toda su vida, a Balzac, de quien solía hablar sin gran estima porque su estilo (él creía que era falta de) lo irritaba, y a Leconte de Lisie, por el que tuvo discreta simpatía. Durante estos cinco años persevera en su afán de estudiar griego clásico para leer a Hornero en el original (nunca llegó a conseguirlo) y de cuando en cuando se sumerge en un autor latino, como Plutarco (leía el latín con facilidad).