La garduña de Sevilla y anzuelo de las bolsas

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Cásase Rufina; burla que la hizo un joven que la galanteaba, y la muerte de su padre Trapaza

Paseaba la calle un agente de los negocios de un perulero, hombre de más crédito que de caudal, acreditado por hombre de verdad en la casa de la contratación y con alguna hacienda; era de edad de cincuenta años; éste, habiendo sabido cuan poco dote tenía la dama y cuan pobre estaba su padre, la quiso desnuda; que cuando una afición se apodera de un hombre mayor, es muy difícil de despedirla; tanto se aficionó Lorenzo de Sarabia, éste era su nombre, de Rufina, que en ocho días que trató de su consorcio se vio dueño y esposo de toda aquella hermosura. Era buena persona, muy amigo de la honra; y así, cargó con mujer y suegro, y llevósela á su casa con este contrapeso, que no era pequeño, sabiendo cuan grande tahúr era Trapaza, que en Sevilla se llamaba Hernando de Quiñones. Los primeros días de la boda todos son festivos. Dio Sarabia á su mujer galas, aunque honestas, que como él era de edad, no gustaba de excesos; cosa que sintió Rufina mucho, porque era muy amiga de andar bizarra, y quisiera traer todo cuanto veía en otras mujeres, y esto la hizo no tener mucho amor á su esposo, el que tenía sus puntas de indiano en lo guardoso, y cuidó más de este particular, por ver que su suegro era tan gran tahúr y hombre perdido; y así, no fiaba el dinero que había en casa, ni aun el gasto de ella, de su mujer, con que á Hernando Trapaza se le marchitaron todas sus esperanzas de pensar que con el casamiento de su hija tendría qué jugar de lo que ella poseyese: ¡tanto era lo que el juego le tenía hechizado! Lo que á él asistía y asimismo las ocupaciones de su yerno Sarabia en su ganancia, dieron permisión á Rufina para salir todas las mañanas fuera de casa, con achaques de ser esto á unas novenas que hacía para que Dios la diese un hijo: esta era la disculpa para con su marido, y lo cierto de sus salidas era dejarse ver en la calle de Francos ó en la iglesia mayor. Entre muchos que acudían á estas dos partes frecuentadas de gente á verla era un hijo de vecino de Sevilla, de los más traviesos mozos de aquella ciudad, poco menos desbaratado que Trapaza, aunque hijo de buenos padres, que muchos, olvidados de su buena sangre, dan en distraídos para aborrecimiento suyo; así era éste, el cual se llamaba Roberto. Pues como galantease á nuestra Rufina, y el mozo era de buen talle, ella puso su afición en él correspondiéndole, engañada de la primera información que le hizo, diciéndola que era muy rico. Era Rufina codiciosa y creyóle, porque deseaba tener dinero, ya que por la miseria de su esposo ó reclusión de bolsa careciese de él. La primera petición que le hizo fué un vestido al modo de uno que había visto á una vecina suya, y con esta dádiva le prometió no serle Rufina desagradecida, viendo en él ejecutada esta fineza. Concedióle la petición Roberto, y fundó un perro muerto en el más extraño capricho que se puede imaginar; tenía conocimiento con la señora que tenía el vestido á quien había de imitar el prometido á Rufina, y fuese Roberto á su casa y pidiósele prestado, como que era para una comedia que se hacía en un monasterio de monjas; no se lo pudo negar; y dentro de tres días, que fingió tardarse en hacerle, se le ofreció á Rufina envuelto en una toalla de Napóles, verde, con las cenefas de gasa y seda, de matices labrada; llevósele un criado una mañana al tiempo que su marido estaba fuera de casa á sus negocios ó agencias. Contentóle mucho á la dama la fineza del nuevo galán, hecha con tanta brevedad, y no quiso serle ingrata; de modo que antes que saliese Roberto de su casa, ya había tenido el premio de sus deseos. Despidióse Roberto, dejando á Rufina pensando cómo daría á entender al marido que aquel vestido se le había enviado un pariente suyo de Madrid, para que Sarabiá no tuviese sospecha de ella. No partió con menos cuidado Roberto en trazar cómo volver aquel vestido á su dueño; no le conocía Sarabia, y en esto fundó su enredo, que fué así. Dejó pasar tres ó cuatro días, en que pudiese dar á entender que la fiesta se hacía, y vistiéndose en humilde traje como criado, y á la hora que acababan de comer llamó en casa de Sarabia, diciendo ser criado de la señora propietaria del vestido; mandóle subir Sarabia, y viéndose en su presencia, le dijo que su señora le enviaba por el vestido que había enviado á la señora doña Rufina para verle. Volvió Sarabia á su esposa y díjola:

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