Explore "La opinión ajena" by Eduardo Zamacois on Textopian. Read with annotations and highlights.
Cinco años después de regresar de París don Higinio Perea experimentaba la desazonadora impresión de no haberse movido jamás de Serranillas; de tal modo sus antiguos hábitos habían vuelto a ganarle, y tan perfecto fue el ayuntamiento del día en que salió de su pueblo con aquel otro en que volvió a él, que a través del recuerdo entre ambos no parecía caber ni el intervalo brevísimo de una hora.
La restitución del audaz manchego al solar de sus mayores tuvo, durante varias semanas, estrépito y claridades de apoteosis. Don Higinio salió de París muy triste, y su negra pesadumbre le acompañó al trasponer la frontera y sobre el dolor de las llanuras castellanas: era una amargura de destierro, de paraíso perdido; don Higinio comprendía a Boabdil. Sin embargo, al columbrar nuevamente la iglesia de su pueblo, recibió una perforante emoción de ufanía; luego, según el tren adelantaba, iba reconociendo los semblantes, todos familiares, de las personas que le esperaban en el andén, y cada uno de ellos obtenía de su impresionable corazón un latido alegre. Finalmente, cuando oyó la voz conocidísima, evocadora, de Juan Pantaleón que gritaba, más emocionado y más artista que nunca: