Explore "La opinión ajena" by Eduardo Zamacois on Textopian. Read with annotations and highlights.
En menos de un mes, la invención lanzada por don Higinio Perea en el refugio y misterio de la farmacia de don Cándido, había dado varias vueltas al pueblo. A pesar del silencio que los allí reunidos juraron guardar al héroe de la Grande Jatte, la noticia les pareció tan emocionante y golosa, y de tal manera sojuzgó y trastornó sus ánimos, que les faltó tiempo para feriar con ella la voraz curiosidad de sus mujeres. El boticario se lo dijo a doña Benita; don Gregorio, a doña Lucía; el secretario del Ayuntamiento, a su Inés; don Jerónimo Arribas, a doña Marcela y a los dos pasantes de la notaría; Gutiérrez, si bien con medias palabras y exigiendo aquella misma reserva de que él carecía, se lo confió a sus hijas. Y así la hazaña de Perea, tan pronto aplaudida como censurada, pero siempre comentada con prolija vehemencia, fue revolando de puerta en puerta hasta ser tan familiar al vecindario de Serranillas como la torre de la iglesia.
Por poco observador que fuese don Higinio, y olvidado y desasido que se hallase de su mentira, bien echó de ver que algo extraordinario se operaba a su alrededor. Durante los primeros días no supo a qué atribuirlo, pues el recuerdo de su embuste se le había ido del cerebro con los últimos vahos del coñac tragado en casa de don Cándido, y aunque lo tuviese presente, nunca lo creyera capaz de subsistir, ni menos de merecer la atención de nadie. Pero no tardó en modificar su opinión, cediendo a la autoridad irrevocable de los numerosos y muy graves indicios que de múltiples partes y bajo artificios diversos llegaban a descubrirle el interés vivísimo, no exento de admiración, de que era objeto. El mentiroso es un sugestionador, y él, inconscientemente, había sugestionado al pueblo: se le discutía, se le espiaba, se le seguía desde lejos con los ojos. El artista se asombró de su obra; hallábase envuelto, cercado, apresado por ella; hubiera querido destruirla y no hubiese podido, tal vez; su mentira, como por ensalmo, se había hecho horizonte. A todas horas recibía pruebas fehacientes del sincero cariño y alta estimación que el alma colectiva le tributaba: Cenén, Gutiérrez, el notario, hasta don Gregorio Hernández y don Cándido, unidos a él por una amistad de muchos años, le trataban con mayor pleitesía y reverencia, y como de inferiores a jefe; y la misma doña Lucía, que continuaba sin hallar corsé que reparase el desbordamiento de su obesidad, solía mirarle con una languidez nueva. Si iba a la mina hallaba a sus obreros más obedientes y devotos, y cuando llegaba al Casino los porteros le saludaban, poniéndose de pie, con un acogimiento silencioso y humilde que le bañaba en dulce vanidad.