Explore "La opinión ajena" by Eduardo Zamacois on Textopian. Read with annotations and highlights.
Perea llegó a su cuarto, entornó la puerta y sin hablar se metió en la cama. Doña Emilia le ayudó a desnudarse y a cada momento se persignaba, significando así su asombro: el traje de pana, con el agua y el barro que traía encima, bien pesaba una arroba y seguramente quedaría inservible; las botas estaban rotas, y de tal modo las había desgobernado y encogido la mojadura, que su dueño necesitó forcejear mucho para quitárselas; los calcetines también aparecieron inservibles, agujereados y cubiertos de lodo. Doña Emilia no cesaba de pasmarse; su marido llevaba salpicaduras de barro hasta en la corbata; eran manchas absurdas, que nadie hubiera explicado cómo pudieron caer allí. El héroe de la Grande Jatte terminó por quedarse en pelota y vestirse un traje de franela amarilla que usaba cuando padecía amagos de reúma. Después cerró los ojos. Su mujer le contempló amorosamente, con una ternura nueva en ella, y por dos veces le besó la frente.
-¿Tienes frío? . ¿Eh? . ¿Tienes frío? .