CAPÍTULO 74
LA PRIMERA SANGRE
CAPÍTULO 74Visible text2 paragraphs
Zaragoza le escribe al presidente Juárez: "Con la intensidad de un limosnero desde el 8 de marzo [de 1862] estoy predicando al gobierno la mala fe de los franceses, la necesidad de que nos preparáramos con tiempo, y el urgente envío de fuerzas respetables; pero quizá por imposibilidad no se me ha atendido y hoy me encuentro a la vista del enemigo extranjero con un puñado de valientes dignos de mejor suerte; todos desnudos, muertos de hambre y que no será remoto sucumban; aunque fío mucho en su bravura y entusiasmo. En este momento estoy recorriendo el campamento. Ya está el enemigo al frente".
El recién nombrado general en jefe del Ejército de Oriente tuvo que hacer milagros. Zaragoza era un joven oficial que no cumplía los 33 años y que pensaba que las guerras las hacían hombres y no anónimos ejércitos. Al tomar el mando del conglomerado de brigadas que era el Ejército de Oriente, estaba obsesionado por los zapatos y los alimentos para sus tropas. El ejército no tenía un peso en la caja ("no cuento con un solo centavo para las atenciones precisas del soldado"), ni siquiera para pagar el correo; no tenía ropa de abrigo ni había botas; estaba mermado por las deserciones, hostigado por la contraguerrilla de los cangrejos mexicanos y sin posibilidad de reorganizar la caballería. Uno puede seguir toda esta terrible historia en la correspondencia con su amigo el general Ignacio Mejía, que le cubría las espaldas en Tehuacán y que le servía como cuartelmaestre, y en la correspondencia con el presidente Juárez.
