Halma by Benito Pérez Galdós — Read

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Hízose todo como Catalina de Artal deseaba, sin que la gestión del buen Flórez tropezase con ninguna dificultad ni obstáculo de importancia. Notaban en él cuantos en aquella ocasión le vieron, lo mismo en las oficinas eclesiásticas, que en las casas nobles que ordinariamente visitaba una gran decadencia física, la cual parecía más grave por la pérdida de la jovialidad. Además, claramente se advertía cierta inseguridad en las ideas, y dispersión de las mismas en el momento de querer expresarlas, vamos, como si se le fuera el santo al cielo, según el dicho vulgar. No era ya el mismo hombre; en pocos días su cuerpo perdió la derechura que le hacía tan gallardo; su cara se había vuelto terrosa, sus manos temblaban, y cuando quería sonreírse, su habitual expresión afable le resultaba fúnebre. «O D. Manuel está muy malo -decían sus amigos-, o algún hondo pesar silenciosamente le mina».

Una mañana, el Marqués de Feramor le mandó llamar cuando descendía del aposento de la Condesa, y encerrándose con él en su despacho, puso la cara de las grandes solemnidades para decirle: «¡Parece mentira que nuestro querido Flórez, desmintiendo su grave carácter, se haya prestado a favorecer las increíbles extravagancias de mi hermana! Primero, la tontería de meterse a redentores de José Antonio, poniéndose en ridículo, y dando lugar al desbordamiento de las hablillas y chirigotas. No era esto bastante, y entre mi hermana y su limosnero inventan este sainetón grotesco de llevarse a Pedralba, toda la cuadrilla nazarista. porque supongo irán también las discípulas, para mayor edificación.

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