Explore "Halma" by Benito Pérez Galdós on Textopian. Read with annotations and highlights.
También lloraba la sin par Catalina oyendo los gritos de la conciencia de su buen amigo, y las tres convinieron luego en que mientras más se humillara el bonísimo D. Manuel al prosternarse ante el Dios de Justicia, más le ensalzaría este, dándole el premio que por sus virtudes merecía. A las once de la noche, ya levantados los manteles de la frugal cena, hallándose la Condesa en el comedor, embebecida en la lectura de sus devociones ante una lampara con pantalla de figurines, entró José Antonio. No pudiendo pasarse un día entero sin verla y hablar con ella (tal era su adhesión ardiente, que más parecía de perro que de persona), agarrábase a la obligación de informarse del estado del enfermo para entrar en la casa y aproximarse a su bienhechora.
«Nuestro D. Manuel está mal -le dijo Halma, cerrando su libro y marcando la página con un dedo. Tenemos que pedir a Dios con toda nuestra alma que nos conserve esa vida tan preciosa, tan necesaria. Hay que rezar, rezar sin tregua, Pepe, y tú también. Pero sin duda no sabes; lo has olvidado. Si yo quisiera enseñarte, ¿aprenderías tú?».