CAPÍTULO 21
PARTE IV
Los títeres de don Pedro
CAPÍTULO 21Visible text2 paragraphs
Dos días de cama bastaron para que don Pedro se repusiera del susto que le produjo la repentina aparición de Teresa y de la cólera que le dio el atrevido Josesito permitiéndose abrir los cajones de su escritorio y extraer papeles importantes, pero al tercero, comenzó a reflexionar y a avergonzarse del desgraciado momento de cobardía y debilidad que mostró ante sus enemigos.
Don Pedro, como habrá podido comprenderse, era de una naturaleza y carácter singulares, más bien de novela que no hecho de la masa común de los mortales. Estaba persuadido que con la fortuna personal y bien adquirida que poseía, le bastaba para tirar, como quien dice, el dinero por la ventana, mientras viviese, y todavía dejaría bastante después de su muerte, y sin embargo por nada de esta vida quería desprenderse de los bienes de Teresa, y aun maquinaba para posesionarse de los de Aurora. Cuando se miraba al espejo y se acordaba del año remoto en que había nacido, no podía menos de reconocer que era, no sólo insensato, sino estúpido el pretender casarse con una mujer en la flor de su edad y con todo el esplendor de la juventud, y a pesar de este pleno conocimiento, persistía en que Teresa fuese su esposa y se encelaba, no sólo del capitán, sino hasta del primero que pasaba por la calle. Cuando perdía la esperanza de que Teresa fuese suya inclinaba su solicitud a la bella Aurora, cavilando día y noche tratando de lograr su objeto, aunque fuese por los caminos más tortuosos. Además de estas que él creía pasiones tiernas y legítimas, no había día que no buscase pasajeras distracciones con lavanderas, costureras y estanquilleras, y cuando intentaba una conquista sabía que el mejor camino es el que está sembrado de oro, y sabía gastar el dinero, y ya hemos visto que la madre de Celestina no se anduvo corta y colocó bien a su hija, hasta que ésta, buena y desinteresada en el fondo, despreció el dinero y entregó su corazón al bravo Josesito.
