CAPÍTULO 24
PARTE IV
La ley de manos muertas
CAPÍTULO 24Visible text2 paragraphs
En esta vez no era (como en la otra que hemos referido en uno de nuestros capítulos anteriores) un capitán aturdido y calavera a quien se encomendaba que asaltara el Palacio, un viejo que quería alejar a su rival, y un agiotista que buscaba el éxito de un negocio en el cambio del ministerio; no, no era nada de eso, sino otra cosa mayor, porque el miedo, la rabia, la venganza, el egoísmo, la avaricia, el fanatismo, la envidia, todos los monstruos terribles de las pasiones se cernían sobre la desgraciada sociedad de México, y las dos cabezas gigantescas y deformes, más fatídicas que la temible cabeza de Medusa, estaban acompañadas como de un cortejo necesario de otras tantas cabezas, moviéndose, gesticulando, enseñando sus aguzados dientes, agitando entre sus grandes bocas sus lenguas regordidas y pastosas y tratando de devorar en instantes la agricultura de los campos, el comercio de los puertos, la tranquilidad de las villas, los festines de las ciudades y la paz de las familias.
Pero estas figuras fantásticas y apocalípticas que solían pasar por el transparente cielo, medio veladas con las nubes del verano, no las veía ninguno de los altos personajes de que nos hemos ocupado en el capítulo anterior, demasiado conocidos por desgracia, de los viejos habitantes de la antes fiel y leal ciudad de México.
