Historia de la compañía de Jesús en Nueva España

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Mientras que se preparaban los hijos de esta provincia para el viaje a las islas Filipinas, sobre muy débiles principios comenzó a levantarse uno de los más grandes y útiles colegios de Nueva-España. Con ocasión de haberse proveído por este tiempo el beneficio de Huixquiluca, no juzgó el padre visitador que podía subsistir allí aquella especie de seminario que se había formado para el estudio de las lenguas. Retiráronse todos los sujetos a México, y el padre Plaza suplicó al señor arzobispo señalase si le parecía bien, alguna otra población en que los padres pudiesen servir a los indios y a su Ilustrísima. Vacó en estas circunstancias el beneficio de Tepotzotlán, que pareció a don Pedro Moya de Contreras lugar muy a propósito para los designios de la Compañía. Enviáronse allá los padres Hernán Gómez y Juan de Tobar, insignes en la lengua otomí, masagua y mexicana, con algunos otros sujetos que voluntariamente quisieron dedicarse a este trabajo, de que solo queda memoria de los padres Diego de Torres, Juan Díaz y Vidal. Del colegio de México, de donde solo dista siete leguas, se proveían los padres de todo lo necesario, sin recibir cosa alguna de la feligresía, aunque como en Huixquiluca ejercitaban con el mayor cuidado y vigilancia todas las funciones de párrocos. El primer trabajo fue reducir a una sola población las muchas en que estaban repartidos los indios. A estos diferentes cantones, se les iba todos los días de fiesta a decir misa, y a predicarles la doctrina cristiana, con lo que atraídos de la dulzura y suavidad de sus ministros, comenzaron a pasarse a Tepotzotlán muchas familias, lo que cuasi en todo el resto de los pueblos de Nueva-España no había podido conseguirse sin violencia. Uno de aquellos fervorosos neófitos que habían tomado esta resolución, se vio dentro de muy pocos días muy perseguido de sus amigos y parientes, que querían volverlo a sus antiguas poblaciones. Resistió constantemente a todos sus discursos y amenazas, y con esta ocasión descubrió a los padres el motivo de aquellas eficaces instancias. No eran solo la embriaguez y la disolución el único motivo que obligaba a estos indios en no consentir en la traslación de sus familias; había aún entre ellos mucha idolatría, de cuyo ejercicio y profesión se guardaban todos los cómplices un secreto inviolable. Tenían las asambleas para estos misterios de iniquidad, o de noche, o en los bosques más espesos, o en las quebradas y cimas inaccesibles de los montes.

La dificultad de la lengua otomí que hablan los más de ellos, y que verosímilmente habían ignorado hasta entonces los beneficiados de aquel pueblo, los ponía bastantemente a cubierto de todas las diligencias conducentes a su conversión. Entre estos infelices se halló una familia cuyo tronco era el jefe, y como el principal autor de toda su desgracia. Este era un indio muy anciano que desde los principios de la conquista, o por odio a los españoles, o por nimia adhesión a su idolatría, se había retirado con todos sus hijos y nietos a lo más alto y escarpado de una sierra vecina. Allí ocultaban todos los recién nacidos para no verse en la precisión de bautizarlos, y cuando por alguna contingencia se veían obligados a exponerlos al bautismo, por no descubrir su irreligión, les daban por padrino otro de los idólatras no bautizados, procurando poner este óbice a la divina eficacia del bautismo. Este infeliz, envejecido en malos días, oyó acaso un día la explicación de la doctrina cristiana, y llevado de una mera curiosidad, continuo algún tiempo en este ejercicio. La gracia del Señor obraba al mismo tiempo en su corazón. Pidió ser bautizado, y descubrió al predicador el artificio con que a sí y a todos los suyos había procurado cerrar para siempre el camino de la salud. Entró en el número de los catecúmenos, entre quienes comenzó luego a distinguirse por un extraordinario fervor. A pocos días se sintió herido de un mortal accidento. Se le confirió el bautismo y murió poco después, dejando al misionero un largo catálogo de todos sus descendientes no bautizados, y habiendo antes empleado toda la autoridad que se había tomado sobre ellos, para persuadirles que bajasen al pueblo y se apartasen del culto de los ídolos. Efectivamente, todos ellos se avecindaron en Tepotzotlán, se bautizaron, y fueron después ejemplares cristianos.

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