Explore "Historia de la compañía de Jesús en Nueva España" by Francisco Javier Alegre on Textopian. Read with annotations and highlights.
Habitan estos vastos países muchas diferentes, aunque poco numerosas naciones. La diversidad la causa por lo común, el idioma o la situación de sus rancherías, y muchas veces la sola enemistad, aun entre pueblos de una misma lengua. Las casas son por lo general de bejucos entretejidos o de esteras de caña, que sostienen con horcones a proporcionada distancia, y visten de barro. Las cubiertas de madera son alguna tierra o barro encima. En los pueblos de la sierra y en algún otro de los más inquietos y guerreros, fuera de estos particulares edificios, solía haber dos casas de piedra comunes a toda la nación y bastantemente grandes. En una se recogían de noche las mujeres y en otra los hombres con sus armas, para mayor seguridad y desembarazo, en caso de alguna sorpresa. Pasado el tiempo de las fundaciones, que duran pocos días antes de que el trato de los españoles les enseñara otras precauciones, formaban entre las ramas de algunos árboles muy cercanos una especie de tablados con tierra encima para poder encender fuego; incomodidad que aun después de conquistados estos países han pasado tal vez los misioneros, cuando la repentina inundación no ha dado en la noche lugar a más oportuna providencia. Las puertas de sus moradas son ordinariamente muy bajas, y todas tienen alguna enramada o cobertizo como portal, en que pasan los calores del día, y en cuya parte superior secan y conservan sus frutos. Los que principalmente cultivan estas gentes, es el maíz, el frijol y algunas otras groseras semillas, que precisamente siembran a una corta distancia de sus chozas, y que cogen tres meses después de haber sembrado. Las semillas de Europa y las frutas que han plantado los misioneros, se han dado con bastante felicidad. En su gentilidad no conocían más que las tunas, las pitayas, y tal cual frutilla silvestre que contaban entre sus mayores delicias. De todas estas plantas, y principalmente del maguey, destilaban vinos o licores fuertes para sus solemnidades, y celebración de sus victorias. La embriaguez no era aquí, como es frecuente en otras naciones, vicio vergonzoso de algunos particulares, sino público y común, que autorizaba todo el cuerpo de la nación. Usábanlo especialmente en aquellas juntas en que se resolvía la guerra contra algún otro partido, y el día mismo que habían de salir a campaña para adquirir mayor brío. Vueltos de la acción plantaban en alguna pica o lanza, el pie, cabeza, o brazo de los enemigos muertos, bailaban con una bárbara música de tambores y descompasados gritos al rededor de aquellos despojos.
La letra común del canto era alabar su brazo o de su nación, y afrentar a los vencidos. Al baile, en que también entraban las mujeres y los jóvenes, seguían los brindis en que no era permitido tener parte sino a las gentes de una edad varonil, excluidas las personas del sexo. Se convidaban después mutuamente al tabaco que usaban en unas cañas delgadas y huecas, con poca diferencia a manera de las pipas que usan otras naciones. Si esta ceremonia se practicaba con gentes de distinta nación, no podían admitirla sin contraer una solemne alianza, cuya transgresión se procuraba vengar con el mayor rigor. En la guerra sus armas ofensivas eran el arco y la flecha, untadas del jugo venenoso de algunas yerbas, que en siendo fresco, por poco que penetre la flecha, no lo cura antídoto alguno; usaban también para de cerca, macanas de leño muy pesado, y los principales de picas o chuzos de palo del Brasil. Su arma defensiva era una especie de escudo o adarga de cuero de caimán, que de alguna distancia resiste bien a las flechas. Para salir a campaña se pintaban el rostro y algunas otras partes del cuerpo, y adornaban la cabeza con vistosas plumas de guacamayas, aves muy hermosas de las Indias, que procuraban criar con el mayor cuidado.