Historia de la compañía de Jesús en Nueva España

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Un profundo silencio reinaba en toda la asamblea. El orador con voz mesurada comenzaba su discurso, dando al mismo tiempo vuelta a la plaza con paso lento y majestuoso. Conforme a la fuerza de la oración, crecía también la aceleración del paso y el tono de la voz, que llegaba a oírse con el silencio de la noche en todo el distrito del pueblo. Acabada su arenga volvía aquel a sentarse a su lugar. Los circunstantes lo recibían con grande aplauso. Mi abuelo (le decían si era anciano) has hablado con acierto, te agradecemos tu doctrina; tu corazón y el nuestro están muy de acuerdo en todo cuanto has dicho. Luego le ofrecían de nuevo caña de tabaco, y otro se levantaba y hacía otro discurso en la misma forma. Cada uno hablaba poco más de media hora, y en siendo de importancia la materia, pasaban en esto la mayor parte de la noche. Los oradores no perdían jamás el fruto de su trabajo. El auditorio quedaba siempre persuadido y resuelto. Tanto aun en medio de su barbarie era viva y enérgica su elocuencia. Sus expresiones, aunque muy sencillas, eran de una simplicidad noble y hermosa, y movían los afectos con tanta mayor fuerza, cuanto el orador mismo tomaba una gran parte en el asunto, y estaba enteramente poseído de la verdad, para proponerla con viveza. Los Ahomes, decían en una ocasión de estas, han entrado en nuestras tierras, se han divertido y han bailado al derredor de las cabezas de nuestros hermanos, de nuestros más bravos guerreros. Mirad sus casas desamparadas: ahí tenéis a sus pobres mujeres viudas, a sus chicuelos huérfanos. Hablad vosotros, hijos míos. ¿Mas qué han de hablar? Su desolación, sus lágrimas ¿no están pidiendo venganza? ¿No se interesa en ello el honor de los Tehuecos? ¿Son mejores sus arcos, son más penetrantes sus flechas, son más fuertes sus brazos, más robustos sus cuerpos? ¿No los hemos vencido en tal y tal campaña? ¿No tiemblan los Ahomes (decían nombrando algunos de los más valientes) no tiemblan del arco de nuestro padre N., de la macana de nuestro hermano N.? Salid contra ellos, salid a defender vuestros hogares y vuestros maíces, poned en seguro vuestras mujeres y vuestros hijos. Aseguradnos con vuestro valor la posesión de este hermoso río, que riega nuestras sementeras, que hace tan envidiable a los enemigos nuestra morada. Ya me parece que veo sobre las picas sus cabezas y sus brazos que nos han causado tanto daño. Breve, si no me engaña mi corazón y vuestros semblantes, breve he de bailar y he de beber en este mismo lugar, mirando con gusto y con escarnio sus cuerpos destrozados. Tales eran los sermones de los indios de Sinaloa, según la relación del padre Martín Pérez, el primero de nuestra Compañía que entró en aquellos países, por donde se ve que el interés propio, el amor del bien público, la solidez de los asuntos, y el deseo de persuadirlos, es el origen de la retórica, y que el carácter de la verdadera elocuencia, es el mismo en todas las naciones.

Aunque el padre Andrés Pérez y todos los manuscritos de donde este autor tomó las noticias, afirman constantemente no haber sido descubierta por los españoles la provincia de Sinaloa hasta los años de 1537, no es menester más que leer las Décadas de Herrera para certificarse, que Nuño de Guzmán, desde el año de 1532, había entrado en Sinaloa y penetrado hasta el río Yaqui, que aquel cronista con poca alteración llama Yaquimi. Y aun antes de él había llegado hasta el río de Tamotchala, o Tamazula, que ahora se llama de Sinaloa, el capitán Hurtado, que descubriendo la costa por orden del marqués del Valle, y habiendo saltado en tierra, obligado de la necesidad con poca gente, fue muerto a manos de los indios, entre quienes halló después Nuño de Guzmán señas muy recientes. Pasaron algunos años sin que se pensara en la conquista de estos países, hasta que se excitó la curiosidad con la ocasión que vamos a referir, que aunque tiene un cierto aire de aventura fabulosa, es universalmente contestada por todos los impresos y manuscritos que han tratado esta materia. Había, como dejamos escrito al principio de esta historia, entrado a la conquista de la Florida Pánfilo de Narváez26, por los años de 1529. La infelicidad siguió siempre muy de cerca los pasos de este capitán. El terreno, los mantenimientos, el clima, el furor de unos bárbaros, y la mala fe de los otros, acabaron muy en breve con todo el ejército, de que solo quedaron cuatro hombres, y fueron, Álvaro Núñez Cabeza de Vaca, Alonso del Castillo, Diego de Orantes, y un negro llamado Estevan. Estos infelices solos en medio de innumerables naciones bárbaras, sabiendo que estaban en tierra firme, y que no podían dejar de salir a tierra de españoles, tomaron la atrevida resolución de salir de aquel país, sin noticia de los indios, como en efecto lo ejecutaron a los 14 de setiembre, verosímilmente del siguiente año de 1529. Los trabajos de esta peregrinación, y el modo admirable con que atravesaron tan inmensas distancias, no solo sin persecuciones de parte de los indios, pero aun con su ayuda y socorro, cuenta difusamente don Antonio de Herrera, a quien remitimos al curioso. No nos ha conservado la historia el tiempo que gastaron en esta peregrinación, y solo sabemos que llegaron a México, siendo virrey don Antonio de Mendoza, a 22 de julio del año de 1536, aunque Grijalva escribe 35.

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