Historia de la compañía de Jesús en Nueva España

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Aunque no tan lustrosa a los ojos del mundo, no fue menos provechosa excursión la que por aquella misma primavera hizo en el obispado de Guadalajara el fervoroso padre Gerónimo López. A petición del cabildo eclesiástico y del provisor de aquella diócesis, hubo el misionero de detenerse algunos días en un pueblo que había mucho tiempo carecía de párroco. A pocas exhortaciones que les hizo con aquella fuerza de espíritu y aquella elegancia de su idioma, que el padre poseía en grado eminente, quisieron todos los indios confesarse; pero tuvo el dolor de hallar en ellos una profunda ignorancia de los más necesarios misterios. Instruidos en lo que para confesarse debían saber y entender de la doctrina, se aplicaron con tanta diligencia, que muchos en un día, muchos en dos, y cuasi dentro de muy breve tiempo, estuvieron capaces de recibir aquel necesario sacramento. En espacio de cuarenta días, dice la sencilla relación del mismo padre, he confesado más un mil y trescientas personas, y como suele suceder en estas ocasiones, las mil habrán sido confesiones generales.

Lo que más encantaba a los indios era el grande apostólico desinterés del misionero. Exhortando a un indio en cierto asunto bastantemente contrario a sus inclinaciones y a sus costumbres, aunque me muera (dijo) no he de volver a hacer costa semejante: ¿y cómo podría yo negarte a ti cosa alguna si veo que todo el día predicas, confiesas, que nos dices cada día misa, entierras nuestros muertos, y nos tratas en todo con tanto amor, sin querer jamás admitir de nosotros el don más mínimo? Bien se conoce que no es tu interés, sino nuestro provecho, el que te ha hecho cargarte de tantos trabajos. Así habló aquel indio, y la enmienda de las costumbres que en todos los demás seguía prontamente a la corrección paternal del misionero, mostraba bien cuan poderosa es esta arma para conquistar o inspirar en los corazones el amor de la virtud, y un sublime concepto de las verdades de la religión. Otro, solicitado de sus compañeros al vicio de la embriaguez, en que antes había dado graves escándalos, respondió a sus perversos amigos: ved vosotros, los que no habéis oído lo que el padre dice de los castigos de la otra vida. Hallaba mayor dificultad el misionero en persuadirles la santa comunión, y las ocasiones que la aconsejaba a los mejor dispuestos, experimentaba una resistencia y un horror, que parecía respeto y era ignorancia y preocupación, que vencieron finalmente, llegándose al altar con una devoción y una pureza de conciencia admirable. Muchos casos pudiéramos referir semejantes de misiones en Pátzcuaro y Valladolid. En esta ciudad tenía la Compañía en el ilustrísimo señor don fray Alonso Guerra, del orden de predicadores, un padre y protector amantísimo. Confesábase con uno de los nuestros, de quienes se varía en todos los asuntos de alguna importancia, singularmente en ciertos disturbios con su ilustre cabildo, que se compusieron con grande satisfacción de entre ambas partes. En los últimos años de su vida, aunque afligido con gravísimos dolores de una larga y penosa enfermedad, no tenía de ellos algún sentimiento, cuando veía algunos de los nuestros, y trataba con ellos de cosas concernientes al bien de su alma, o al provecho de su amado rebaño.

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