Historia de la compañía de Jesús en Nueva España

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Llegando a nuestra iglesia la procesión salieron a recibirla todos los padres de aquella casa y del colegio máximo con luces encendidas. Seguíanlos dos docenas de jóvenes los más distinguidos entre nuestros estudiantes, gallardamente vestidos, con cirios en las manos, y tras de ellos otros cuatro, que con mucha viveza y gracia, dieron aun en un diálogo en verso el parabién al Santo de su nueva gloria, y a la religión por la que recibía de un hijo tan ilustre. El siguiente viernes, sexto día de la octava, que celebró el cabildo de la santa iglesia catedral, y asistió después a la mesa, tuvieron aquellos religiosos padres la benignidad de oír a uno de nuestros hermanos teólogos, que en tiempo del refectorio recitó con grande aplauso de los oyentes, una oración latina en alabanzas del glorioso San Jacinto. La misma tarde, tres colegiales del seminario representaron al mismo asunto, sobre un teatro majestuoso que se había erigido en la misma iglesia, una pieza panegírica repartida en tres cantos de poesía española, cuyos intervalos ocupaba la música. Obra en que el ilustre cabildo quiso mostrar no menos el aprecio que hacía de la esclarecida religión de Santo Domingo, que la confianza y alto concepto que formaba de nuestros estudiantes, a quienes quiso se encomendase el desempeño de aquella lucidísima función. El domingo, que era el día señalado a nuestra religión, celebró la misa el padre rector del colegio máximo, y predicó el padre prepósito Pedro Sánchez con aquella elocuencia y energía que acompañaba siempre a sus discursos, asistiendo toda la comunidad, como después al refectorio, en que uno de nuestros hermanos teólogos recitó un bello panegírico en verso latino. Después se ordenó una procesión que presidió con la capa de coro el padre rector del colegio máximo, anduvo al derredor del claustro interior y de la iglesia, cargando la estatua los jesuitas hasta colocarla en un magnífico retablo que le estaba destinado. Tal fue la honra que a la misma Compañía quiso hacer la insigne orden de predicadores. No contentos aquellos religiosos y sabios varones con una tan pública demostración, quisieron aumentar el honor imprimiendo la relación de aquellas solemnes fiestas, con tantos elogios de la Compañía, cuanto pudo sugerirles su amor y su elocuencia, y apenas nos permite leer el rubor.

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