Historia de la compañía de Jesús en Nueva España

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El colegio máximo perdió muy a los principios de este año un grande ejemplar de virtud en el hermano Alonso López. No podemos dejarnos de admirar que el menologio de nuestra provincia no haga memoria de este hombre admirable. Un breve elogio se halla en la parte 5.ª, libro 24, párrafo 16 de la historia general, de donde lo tomó el padre Oviedo en sus elogios de coadjutores, y el padre Petrignani. Lo que escriben estos autores da una idea muy inferior a la que nos hacen formar los antiguos manuscritos de nuestra provincia, que esperamos representar con toda su luz en lugar más oportuno. Murió a 15 de enero del año de 1597. Los grandes ejemplos de virtud que se veían en los congregantes de la Anunciata eran muy superiores al progreso de los estudios, de que sin embargo habían dado este año pruebas tan brillantes. Un joven, acometido de tres mujeres lascivas, las reprendió -343→ con gravísimas palabras, y no bastando este medio para reprimir el atrevimiento de una de ellas, o más apasionada o más desenvuelta, la apartó de sí con un golpe. Otro más feliz, solicitado de una doncella de noble nacimiento, no solo resistió al doble atractivo de la esperanza y la hermosura, sino que extraordinariamente favorecido de la gracia, hizo delante de ella al Señor voto de perpetua virginidad, y a ella le persuadió que imitase un acto tan heroico tomando por esposo a Jesucristo en un religiosísimo monasterio.

Ejemplos de virtud en los indios de San Gregorio de TepotzotlánEsta fortaleza es mucho más admirable en personas del sexo, y mucho en la pusilanimidad y flaqueza de las indias, especialmente solicitadas de los españoles, a quienes la reverencia y el temor a que se acostumbraron desde los principios de la conquista les hace mirar siempre como los árbitros de su fortuna. Sin embargo, sostenidas de la divina gracia las indias débiles han conseguido gloriosísimas victorias. Diecinueve años resistió una que frecuentaba los sacramentos en San Gregorio de México a las dádivas, a los ruegos y a las amenazas de una persona de grande autoridad, que pudiera atraerle mucho mal, y que por las obligaciones de su estado, debiera darle ejemplos muy contrarios. Otra, hallándose sola en despoblado, y acometida de un lascivo, no bastando sus razones y sus ruegos para apagar el fuego de aquella brutal pasión, se quitó el rosario que traía al cuello con una medalla de la reina de las vírgenes, y poniéndosela a los ojos, le dijo con vehementísimo afecto: por amor de la Virgen Santísima, cuyo rosario es este, te suplico, Señor, que me dejes y no quieras hacerme tan grave injuria. Esta tierna súplica fue un rayo que hizo hacer volver en sí a aquel malvado. No solo dejó libre a la virtuosa doncella, sino que dándole cuanto llevaba por el respeto y reverencia al augusto nombre de que se había valido, él, tocado de la reina del cielo, a quien había hecho aquel pequeño obsequio después de veinte años de una vida desarregladísima, se entró por un monte pidiendo al Señor misericordia, y a la Virgen madre que lo sacase de aquel estado infeliz, aunque fuese a costa de una enfermedad o de algún trabajo. Oyó la piadosa Virgen sus ruegos, y quitándole la vista del cuerpo le dio la del alma, trayéndole, después de muchas inquietudes a nuestro colegio, donde hizo una confesión general. Pasó este fervoroso penitente, después de grande pobreza y penalidades; pero con una tranquilidad y una alegría que causaba admiración, recibiéndolas todas, y principalmente la ceguedad, como otras tantas prendas de la remisión de sus culpas y de la gloria que esperaba. Hubo en la cristiandad de Tepotzotlán quien olvidada de su debilidad se armase de un leño y hiciese salir avergonzado al ladrón de su virginidad. Caminaba por la calle una doncella cuando le salió al paso uno de su nación, diciéndole que un español la seguía y deseaba hablarle. Ella, recelosa, no tengo, dijo, para qué esperarlo. Entre tanto, había llegado el español, y entre los dos pretendían hacerla entrar en una casa vecina. Por fortuna vio de lejos a un indio, y volviéndose a los circunstantes; mirad lo que hacéis, les dijo, que viene allí mi marido. Dejáronla al punto, y ella, con un inocente equívoco de su idioma, triunfó de su malicia y conservó la castidad.

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