Explore "Historia de la compañía de Jesús en Nueva España" by Francisco Javier Alegre on Textopian. Read with annotations and highlights.
Tenía en aquel tiempo el colegio de Tepotzotlán sujetos muy a propósito para inspirar a los indios estas generosas resoluciones. El padre Gaspar de Meneses era un hombre incansable, y animado de un celo por la salud de los indios, que todas las tribulaciones del mundo no eran capaces de resfriar. Todos los beneficiados vecinos solicitaban con ansia que hiciese misión en su partido, creyendo que entraba con él en los pueblos la reforma de las costumbres, la devoción y la piedad. Este año pareció más que nunca el ascendiente que se había adquirido sobre los ánimos más obstinados en el éxito que tuvo la misión de Zumpahuacán. Partió para aquellos países llamado del propio pastor que era muy vigilante y muy devoto, y a cuyo rebaño, bajo una hermosa apariencia de tranquilidad y de fervor, hacía el común enemigo la guerra más perniciosa y más sangrienta. En efecto, halló el misionero unos indios los más quietos y los más dóciles, los más bien instruidos del mundo, devotos en el templo en tiempo del santo sacrificio, asistentes a todos los sermones y explicación de la santa doctrina. Nada entre ellos de disolución, nada de embriaguez; pero bajo este bello exterior ocultaban la más abominable idolatría, habiendo hallado a su parecer modo de juntar la luz con las tinieblas y a Jesucristo con Belial. Adoraban al Señor y a los santos; mas para alcanzar las felicidades temporales recurrían a unos idolillos que traían siempre ocultos consigo, y que ponían en sus telares, en sus sementeras y en sus trojes. Adoraban algunos cerros de particular configuración y altura, singularmente una sierra nevada, en que creían habitaba la diosa Chicomecoatl, que era para ellos lo que Ceres para con los antiguos romanos. Ofrecían inciensos y otros perfumes al fuego, a quien con alusión al más arcano misterio de nuestra fe, llamaban unas veces Dios Padre, con nombre poco diferente del que le daban en su gentilidad, y otras veces Dios Espíritu Santo, por lo que habían oído predicar de la venida de este divino Espíritu el día de Pentecostés. Antes de llevar a bautizar los párvulos conforme al rito de la iglesia, les daban otra especie de bautismo sacrílego, bailándolos con agua en presencia del fuego, e imponiéndoles otro nombre profano, por donde fuesen conocidos en sus impías asambleas. Estas las celebraban siempre de noche y en los lugares más remotos y solitarios, sin admitir a ellas joven alguno o doncella que por flaqueza o inconsideración pudiese descubrir sus misterios de iniquidad.
El diligente y coloso beneficiado quedó penetrado del más vivo dolor cuando supo las abominaciones con que era ofendido el Señor por aquellos mismos que él tanto amaba, y temiendo prudentemente que el temor les hiciese ocultar los lugares y los cómplices de aquella secta infame, se valió del favor del padre Meneses, a quien los indios singularmente amaban. No le engañó su confianza: el padre, prometiéndoles una entera seguridad, consiguió que le revelasen todos sus secretos y se confesasen todos los cómplices, trabajo, que cargando únicamente sobre el misionero por el respeto que debían al propio pastor, que era juntamente juez, lo hubiera gloriosamente agobiado si no se le hubiera enviado compañero que le ayudase a recoger una mies tan abundante. Los indios probaron bien la sinceridad de su conversión, entregando a los padres innumerables de aquellos idolillos, y haciendo por muchos días públicas demostraciones de penitencia en procesiones de sangre y otros actos de mortificación que les sugería su fervor con sumo agradecimiento del piadoso beneficiado, que no cesaba de dar gracias en repetidas cartas al padre provincial y a los superiores de Tepotzotlán y del colegio máximo.