Explore "Historia de la compañía de Jesús en Nueva España" by Francisco Javier Alegre on Textopian. Read with annotations and highlights.
Otra semejante misión al partido de Huitzitzilapa ocasionó la muerte al padre Francisco Zarfate. Los curas de muchos partidos, que por espacio de algunos años había corrido en sus misiones, no le daban otro nombre más que el de apóstol, y solían decir que en sus pueblos había otras tantas semanas santas, cuantas estaba allí el padre Zarfate, tanto por la frecuencia de sus confesiones y comuniones, como por otros actos de piedad y ejercicios de penitencia, en que hacía entrar a cuantos oían sus sermones. Despidiéndose para salir a la misión, se percibió bastantemente que había conocido sería aquella la última de su vida, y lo afirmó así después en presencia de algunas personas. Efectivamente, llegando al pueblo de Xilotzingo predicó consecutivamente -346→ muchos sermones, preparando los ánimos de sus oyentes para la cercana pascua de Espíritu Santo. En los tres días precedentes oyó muchas confesiones. El día de pascua dio la comunión a más de quinientas perdonas, haciendo antes y después de la comunión fervorosas exhortaciones. Bajando del púlpito, más fatigado que otras veces, le llamaron para una confesión a un pueblo algo distante. La estación era rigorosa, la hora incómoda, el clima nada favorable.
Todo esto, añadido a la interior fatiga y a una salud bastantemente quebrantada, le ocasionó una fiebre maligna de que se sintió herido luego que volvió a Xilotzingo. Lo procuraron de la estancia vecina un colchoncillo (que aun de este pequeño alivio jamás usó el apostólico misionero); mas el dueño de aquella estancia, no contento con enviárselo, vino en persona a llevar al padre a su casa y curarle en su enfermedad. Hubo de condescender el siervo de Dios después de alguna resistencia que le hizo hacer el amor de la pobreza. Se enviaron con diligencia del colegio de México un padre y un hermano que cuidasen de su salud, acción que aunque muy conforme a la caridad que con los enfermos prescriben nuestras reglas, el humilde padre la agradeció como un favor extraordinario; y abrazando lleno de gozo a sus hermanos, gracias a Dios, dijo, que no nos halla la muerte ociosos, sino ocupados en cosas de la obediencia y de tanto servicio de nuestro Señor, como es el bien de estos pobres indios. Al octavo día de su enfermedad, viéndolo el padre que lo asistía enteramente agravado, y temiendo que muriese sin la extrema unción, aunque ya habían partido a traerla de un pueblo vecino, le dijo con alguna congoja. Ruegue vuestra reverencia al Señor que no le lleve antes de recibir este último sacramento; y el padre Zarfate, con una serenidad admirable, le respondió: Esté vuestra reverencia cierto que Dios me ha de hacer esa merced. En efecto, vivió después dos días dando grandes ejemplos de paciencia. Pocas horas antes de morir pidió perdón al beneficiado de las faltas que pudiese haber tenido en las funciones de su ministerio, y que de limosna le diese un rincón en que ser enterrado; pero sabiendo que había orden del padre rector de que fuese su cadáver llevado a México, se alegró mucho, y añadió: Yo rogaré a nuestro Señor morir ahora en que pueda hacerse sin notable incomodidad. Así fue, porque el día 6 de junio a las tres de la tarde, entre actos fervorosísimos de fe, esperanza y caridad, entregó su alma al Criador a los treinta y cuatro años de edad y dieciséis de Compañía.