Historia de la compañía de Jesús en Nueva España

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Se hizo también misión a los pueblos de Teoloyuca y Huehuetoca, en que fue muy semejante el fruto de las almas y el trabajo de nuestros operarios. Fue muy singular en esta parte la que se hizo por petición del ilustrísimo señor obispo de la Puebla a la provincia de Totonocapa. Hallaron los misioneros en los pueblos de Xonotla, Hueitlalpán, Xuxupango, Chumtatlán y Xontepec. Formaron desde luego de la lengua totonaca, que a más de la mexicana se hablaba en aquel país, un catecismo y un compendio de las cosas muy necesarias y más frecuentes en la confesión, que fue de mucha utilidad a todos los pastores de almas. Publicaron el jubileo que a las misiones de la Compañía había concedido la Santidad de Clemente VIII. No tenían aquellos indios dificultad alguna en la confesión de sus culpas. El trabajo de los padres fue persuadirlos a la santa comunión del cuerpo y sangre de Jesucristo. El demonio, bajo la hermosa apariencia del respeto debido a tan adorable Sacramento, les había infundido un horror muy pernicioso a su salud. Decían que ellos eran unos idiotas criados entre los montes: que no sabían leer los libros, ni comprender la sublimidad de aquel misterio; que no tenían monedas que ofrecer cuando comulgasen, ni vestiduras blancas con que adornarse para parecer en la presencia del Señor; que en recibiendo una vez a su Majestad, si por su desgracia volvían a caer en alguna culpa, habían de condenarse sin remedio. No favorecía poco a este error la conducta que habían tenido hasta entonces los párrocos de aquellos pueblos. Estos, llevados de un celo santo (aunque no el más discreto en lugares de muchos vecinos) apenas daban licencia de comulgar a cuatro o cinco una vez al año. Los indios estaban más obstinados en esta parte; mas querían levantarse sin absolución de los pies del confesor, que obligarse a llegar a la sagrada mesa. En realidad, la misma adhesión a sus vicios, singularmente a la deshonestidad y a la embriaguez, era la verdadera causa de su resistencia. Triunfó sin embargo la constancia de los padres de toda su dureza, y animados del ejemplo de algunos más dóciles, llegaron a beber de las fuentes del Salvador y gustar el Pan de los Ángeles con gran consuelo de sus almas, que aumentó el beneficiado de Hueitlalpán, haciendo un solemne convite en su casa, y sirviendo él mismo con el padre misionero a la mesa a todos los que habían comulgado. En Chumatlán, todos los hombres que habían de comulgar, se juntaron la víspera al ponerse el sol y tomaron en la iglesia una disciplina.

En Xonotlán, depuesta aquella falsa preocupación, de que si comulgaban habían de condenarse infaliblemente porque no habían de poder abstenerse de las culpas, quedaron por el contrario muy persuadidos, a que no había de volver jamás a la deshonestidad, quien había tenido la felicidad de gustar el vino que engendra vírgenes. Esto lo confirma maravillosamente lo que dos años después experimentó y escribió agradecido a uno de los padres el cura de aquel pueblo. Confesaba a una india soltera y bien ocasionada, y examinándola con diligencia sobre el sexto, siempre respondió que en aquella materia no le reprendía cosa alguna su conciencia; porque después (añadió) que recibí la sagrada comunión por consejo de un padre de la Compañía que predicó en este pueblo ahora dos años, propuse firmísimamente en mi corazón, no ofender más a mi Dios y a mi padre con ese género de culpas, y por su misericordia así lo he cumplido.

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