Explore "Historia de la compañía de Jesús en Nueva España" by Francisco Javier Alegre on Textopian. Read with annotations and highlights.
En Oaxaca desde la mitad del acto antecedente se había ofrecido bastante cosecha de penalidades y merecimientos en el servicio de los apestados, a que se procuró asistir, singularmente a la gente pobre en todo género de espirituales y temporales alivios. Pero aun fue de más edificación y utilidad el importante obsequio que hicieron dos de nuestros religiosos a aquella ciudad en los principios de este año. Sobre no sé qué competencia de jurisdicción (fuente ordinaria de semejantes discordias) hubo alguna disensión entre las dos cabezas eclesiástica y secular, como suele suceder: los partidarios de uno y otro gremio llevaban más lejos los excesos de su pasión, coloreada bajo el nombre de justicia. Hervía aquella república en chismes e historietas indignas de la nobleza y de la cristiandad de sus cabezas. Después de varias tentativas, un padre de los nuestros ganando primero los ánimos con la suavidad y la dulzura, compuso entre sí a los principales interesados, cuyo ejemplo siguieron fácilmente los demás. No tuvo que luchar con pasión tan débil, ni con espíritus tan racionales otro sujeto del colegio. Era muy pública y muy antigua la enemistad de un eclesiástico con un secular, de quien seis años antes había recibido una injuria.
El clérigo, hombre poderoso, había seguido la demanda según todo el rigor de la justicia; había traído de México un juez pesquisidor; había hecho pasar a su enemigo por la pena del tribunal eclesiástico, y dejándolo inhábil para representar jamás algún papel en la república. Sin embargo, aun no se daba por satisfecha su cólera y mortal rencor. Tanto, es verdad que ningunos son más obstinados en el vicio que los que por su profesión y su carácter están más obligados a la virtud, cuando una vez han degenerado de su primer esplendor. Un religioso conocido en toda la ciudad por su eminente virtud encontrándolo en la calle, había pedídole hincado de rodillas con lágrimas que perdonase a su enemigo y no diese al pueblo aquel escándalo. No bastando estas razones ni el crédito del suplicante, saco un crucifijo representándole aquel grande ejemplar de la tolerancia y mansedumbre cristiana. Nada bastó, y aquel hombre endurecido, antes recibió como nuevo agravio un oficio de tanta caridad. El señor obispo había emprendido la misma conquista, añadiendo a la razón todo el peso de la autoridad, pero por ciertas dificultades que sobrevinieron, hubo de ceder y encomendar a uno de la Compañía aquella negociación. El padre comenzó por ganar la voluntad de aquel hombre protervo. Las veces que hablaba con él de este asunto, o no contestaba a la conversación, o parecía favorecer a su pasión no contradiciendo; pero cuando se proporcionaba tratar de lo mismo en otra persona, le pintaba con los colores más negros la dureza del corazón, haciéndosela ver como una pasión infame y muy ajena, no solo de la religión, sino aun de la dignidad y nobleza del espíritu humano. Con este inocente artificio repetido siempre en aquellas ocasiones en que por no tocar inmediatamente a su persona le hallaba más dócil, fue insensiblemente disponiéndole el ánimo, hasta que hablándole abiertamente, consiguió de él cuanto pretendía, quedando muy agradecido a su benefactor, y toda la ciudad muy edificada de las demostraciones de benevolencia y de amistad con que procuró resarcir los pasados escándalos.