Explore "Historia de la compañía de Jesús en Nueva España" by Francisco Javier Alegre on Textopian. Read with annotations and highlights.
Los ciudadanos de la Veracruz manifestaron bien por este mismo tiempo aquel sólido aprecio de la Compañía, en que se ha distinguido después tanto esta ciudad. Con la falta de las flotas se había comenzado a sentir tanta pobreza y carestía de lo necesario, que los religiosos de otras dos religiones se vieron precisados a desamparar la tierra, dejando en sus conventos uno o dos sujetos. Las personas más ricas y más principales de aquella república, recelando que los de la Compañía, obligados de la necesidad no tomasen la misma resolución, pasaron prontamente al colegio, ofreciendo a los padres, en nombre del cabildo todo lo necesario, no solo para los sujetos que había al presente, sino para otros muchos que vinieran. Muy presto se presentó la ocasión en que los jesuitas mostrasen a la ciudad su agradecimiento. Había a principios de aquel mismo año el pirata inglés Guillermo Parker, sorprendido el puerto de San Francisco de Campeche, como a ciento veinte leguas de Veracruz, en la península de Yucatán. Se temía que se dejase caer sobre Veracruz, y dando el miedo cuerpo a la aprensión, se había ya tocado arrebato una noche, creyendo haber las naves inglesas dado fondo en la costa. Se avisó a México, de donde bajaron prontamente doscientos soldados. Poco después, habiéndose visto de muy lejos algunas velas, y no pudiéndose distinguir la bandera, se volvió a conmover toda la ciudad, y ya se disponían a marchar a la costa algunas compañías para impedir el desembarco.
Los padres fueron a ofrecerse al gobernador para acompañar la tropa y servir de capellanes, sin más sueldo que el que promete Jesucristo a sus soldados en las incomodidades y las cruces. Quedó la ciudad muy agradecida a esta prontitud de ánimo, aunque viendo después ser de España las naves que el susto había figurado enemigas, no pasó de la voluntad el obsequio. Sin embargo, los que no habían sacrificado sus vidas a los trabajos y a los peligros de la guerra, la sacrificaron bien presto a los rigores de la epidemia, que prendió violentamente en los soldados que habían venido de México, y los recién venidos de Europa. Los jesuitas, no contentos con los ministerios espirituales, en que sin interrupción se ocupaban día y noche de las limosnas que la liberalidad de los vecinos ofrecía al colegio, mantenían, curaban y proveían de lo necesario a algunos otros, para que en Jalapa o en otro lugar menos dañoso a su salud, se preservasen de la enfermedad, o se restableciesen en la salud. Resplandeció mucho en esta ocasión la caridad y fervor del padre Juan Rogel. Este anciano, cerca de los setenta años de su edad, endurecido en los ejercicios de la vida apostólica, se encargó de los galeones, y residió en San Juan de Ulúa, predicando incesantemente y confesando a toda gente de mar, a quien el general, con ánimo de volver a España dentro de quince días, no había permitido poner pie en tierra. El padre Rogel, con la actividad de un joven asistía a todo, consolaba a los enfermos, predicaba a los sanos, confesaba a los penitentes, ayudaba a los moribundos, con una alegría y expedición que pasmaba.