Historia de la compañía de Jesús en Nueva España

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La tranquilidad de que a fines del año antecedente se había comenzado a gozar en Sinaloa, no podía ser muy constante mientras se procedía en los informes e inquisición de los delincuentes. Los guazaves, cuanto más dóciles para el bien, tanto más fáciles a las siniestras impresiones de sus ancianos, habían, por instigación de uno de estos, conspirado en acabar con los padres. Tuvo aviso por un indio fiel don Diego de Quiroz, capitán y alcalde mayor de la villa, y partió luego con quince soldados. El jefe de los rebelados salió a recibirlos a la frente de más de doscientos indios, que se pusieron en fuga a la primera descarga, dejando a su caudillo en manos de los españoles. Los fugitivos llevaron el espanto y la consternación a su pueblo, en que todos dejaron sus casas y se acogieron a la nación de los ures. Estos no bien seguros de las intenciones del español capitán, salieron a recibirlo en número de cuatrocientos, armados; pero hablándoles el padre por medio de un intérprete, supieron aprovecharse con una prontitud admirable de aquel momento oportuno. Mostraron mucho gusto a las proposiciones del padre, y prometieron hacer iglesias y vivir en quietud. Volviendo algunos días después el misionero, tuvo el consuelo de hallarlos muy confirmados en su primera resolución. Ellos de su voluntad habían juntado los párvulos en número de más de ciento cuarenta, que ofrecieron para el bautismo; y siendo la nación de las más numerosas, se repartieron en cuatro o cinco pueblos, cuyas situaciones demarcó el padre Villafañe, haciendo todos los oficios de padre y fundador de aquellas colonias, con que dilataba el imperio de Jesucristo. En todas se fabricaron iglesias, y se dio principio a su doctrina. Los guazaves, vueltos de su temor, y asegurados del capitán y del mismo padre que habían entrado a buscarlos, se restituyeron luego a su país, y en las siguientes ocasiones ayudaron con más fidelidad que algunos otros a los españoles en sus expediciones militares. Restablecida por este lado la serenidad, se levantó por otro la reciente tormenta. Los de Ocoroiri, en defensa de una mujer de su país, habían dado muerte a un cacique de los tehuecos, que con violencia pretendía sacarla de su casa. Esta nación numerosa y guerrera resolvió tomar una ruidosa venganza.

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