Explore "Historia de la compañía de Jesús en Nueva España" by Francisco Javier Alegre on Textopian. Read with annotations and highlights.
Jamás se había visto entre aquellas gentes expedición más bien concertada. Convocaron a todos sus pueblos, y señalaron el lugar donde habían de juntarse, y el día de la marcha, con tanto silencio y precaución que no pudieron los ocoroiris penetrar sus designios hasta que los tuvieron sobre los brazos. Dividieron su ejército en dos trozos, sostenidos unos y otros de algunos caballos que habían ya comenzado a multiplicarse en el país. Marcharon todo el día y la noche; pero por diligencias que hicieron no pudieron llegar a Ocoroiri hasta la punta del día. Flecharon a un indio que había madrugado a su pesca, lisonjeándose que sorprenderían el resto de los moradores sepultados aun en el sueño. El indio, aunque mal herido corrió a dar noticia al padre Pedro Méndez, que se hallaba en el pueblo. Los tehuecos habían dispuesto su gente, de manera que la una parte acometiese a la frente del pueblo, quedándose la otra en emboscada por el lado contrario, a cubierto de una arboleda, de donde no debía salir hasta estar los ocoroiris empeñados en la acción, sin que tuviesen más aviso que el incendio de sus casas, y el alarido de las mujeres y los niños. Si la prudencia del cacique de Ocoroiri no hubiera trastornado un proyecto tan bien discurrido, aquel día hubiera sido perniciosísimo a la cristiandad de Sinaloa, y habría acabado con una de las más quietas y más fervorosas poblaciones. Él, o porque hubiese tenido noticia de la situación del enemigo, o por uno de aquellos rasgos de la providencia, poco comunes en su nación, viendo a sus gentes correr en tropel, donde los llamaba la algazara del enemigo, los contuvo, diciendo que no dejasen el pueblo, sus mujeres y sus hijos, expuestos a la invasión de los tehuecos, que podían dividirse, y amparados del bosque acometer la población. Efectivamente, mientras unos marcharon a los enemigos, quedó otro cuerpo de reserva para defensa del lugar. Los tehuecos que habían quedado en el monte corrieron en furia a prender fuego a las casas; pero la sorpresa de ver descubierta y prevenida su estratagema les hizo perder el valor. A vista de sus prendas más queridas, los ocoroiris, acometieron con un ímpetu a que fue imposible resistir. Huyeron en desorden de una y otra parte los tehuecos, dejando muchos muertos y muchos prisioneros en manos de los bravos ocoroiris, que prácticos en aquellos caminos les inquietaron mucho, siguiendo el alcance hasta el medio día.