Historia de la compañía de Jesús en Nueva España

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Había venido poco antes noticia al alcalde mayor, que a seis leguas de la villa se veían algunas sementeras que por no estar vecinas a alguno de los pueblos, parecían ser de los indios fugitivos, homicidas del venerable padre Tapia. Aumentaba la sospecha que los pocos indios que solían verse en ellas, se ocultaban luego y se retiraban con diligencia a lo interior del monte. Envió el capitán algunos españoles e indios amigos a reconocer la gente. Los rebeldes, o por aviso que tuvieron, o porque su poca seguridad los hacía estar siempre prevenidos, se habían ocultado entre las sementeras. Repentinamente cayó sobre los pocos españoles una nube de flechas, de que quedaron dos heridos. El resto con los indios aliados acometieron a los fugitivos, que con poca pérdida se salvaron en los montes. De los españoles heridos sanó el uno después de muchos años. El otro, cristianamente preparado, murió a las dos horas, aunque había muy poco penetrado en el muslo la flecha emponzoñada. Fue cosa singular que cavando en la villa la sepultura un criado, a quien el difunto amaba tiernamente, cayó repentinamente muerto y bañado en lágrimas en la sepultura que preparaba a su amo, donde como uno de aquellos ejemplos de fidelidad que rara vez se ven en el mundo, fueron juntamente enterrados. En medio de estas revoluciones no dejaban de recoger muchas mieses los fervorosos obreros. Habían pasado de cuatro mil los bautismos entre párvulos y adultos. Los nuevos cristianos se veían avanzar sensiblemente en el amor y adhesión de las santas prácticas de nuestra ley. A un niño de pocos años, después de haberse confesado, preguntó el padre quién podía sanarle de aquellas enfermedades del alma, a que respondió muy afectuosamente: «Nadie, padre, en el mundo sino Dios, y tú en virtud de su palabra». Un indio de la sierra en que habían entrado los padres, hallándose acometido de una grave enfermedad, y no teniendo algún padre con quien confesarse, anteponiendo la salud espiritual a la del cuerpo, caminó muchas leguas por confesarse, creyendo que había de hallar en el Sacramento de la penitencia la quietud de su conciencia y el remedio de su enfermedad, como lo halló efectivamente, cooperando el Señor a la firmeza de su fe.

Sabíanse un poco excedido en la bebida algunos neófitos, inducidos de un perverso anciano: reprendió el padre la acción agriamente en el púlpito, y luego los delincuentes, hincándose de rodillas en presencia de todo el pueblo, confesaron su culpa y se condenaron a tomar una disciplina para satisfacer a la divina justicia. Faltaba uno de los culpados, y advirtiéndolo un viejo deudo suyo, le hizo que viniese al otro día a la iglesia e imitase en la penitencia a los que había seguido en la disolución. Tuvo un indio apasionado el atrevimiento de entrar a casa de una india a horas que estaba sola. Ella, revestida de indignación al proponerle su torpe deseo, se le acercó disimulando el enojo, y quebrándole la flecha que traía en la mano, le quitó el arco y le dio con él muchos golpes, diciéndole… ¿Y qué no sabes que soy cristiana, que nuestra santa ley prohíbe toda impureza, que oigo la palabra del Señor y recibo su santo cuerpo? Así recompensaba el Señor con espirituales y sólidos frutos a sus ministros de lo mucho que cada día tenían que sufrir en los continuos movimientos e inquietudes de los bárbaros.

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