Historia de la compañía de Jesús en Nueva España

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En uno de aquellos intervalos, en que la fuga de los indios les dejó algún tanto desocupados, como no sabe acomodarse bien con la inacción aquel fuego que consume a los hombres apostólicos, el padre Hernando de Santarén con otro compañero, partió a Culiacán, donde había dejado grande opinión desde la vez primera que visitó aquella provincia. En los españoles y en los indios se hizo un fruto copiosísimo con la publicación del santo Jubileo. De ahí llamados de unos en otros pueblos, pasaron a la provincia de Topía y real de San Andrés. Los indios, por no perder la doctrina celestial de que estaban hambrientos, seguían a los padres de unos lugares a otros. En todos ellos salían a recibirlos con cruces altas cantando a coros la doctrina. Treinta poblaciones recorrieron, y hubo algunas en que pasaron de ochocientas las comuniones. La disciplina y el uso del santísimo Rosario, abrazaron con tanto fervor, que aun después de cerrada la iglesia venían muchos a disciplinarse o a rezar en el cementerio. El vicario de Culiacán, algún tiempo después de acabada la misión, escribe así: «Es de dar gracias a nuestro Señor, y después a vuestras reverencias, que los indios e indias de repartimiento que vienen por tanda de sus pueblos a servir a los españoles, traen muy de ordinario los rosarios en la mano, y que el indio con su carga a cuestas, y la india con su cántaro al hombro, van y vienen rezando con harto ejemplo, y aun confusión de sus amos». El desinterés y el dulce trato de los misioneros, robó de tal suerte los ánimos de los indios, que enviaron a Sinaloa cuatro diputados con una carta muy expresiva al padre Martín Pérez, superior de Sinaloa, para que la Compañía se encargase de aquellos pueblos, ofreciendo ellos pasar a México a negociarlo con el señor virrey y con el padre provincial.

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