Historia de la compañía de Jesús en Nueva España

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Aun con mayor felicidad Grecia la semilla del Evangelio entre los chichimecas de San Luis de la Paz. El excelentísimo conde de Monterey, formado de la utilidad de esta misión, había mandado fabricar, a costa de la real hacienda, la casa y templo de la Compañía en que estaban de asiento dos padres y un hermano. Había juntamente relevado a los indios que quisiesen establecerse allí de todo tributo y servicio personal fuera de la ropa, carne y maíz con que se había comprado de ellos la paz la seguridad desde el tiempo de su antecesor don Luis de Velasco. Con estos piadosos arbitrios eran muchos los que cada día se avecindaban en el lugar. El seminario de indizuelos que allí tenía la Compañía, era juntamente un seminario de virtud, y un atractivo para los padres, hermanos y parientes de aquellos niños, que los veían salir de allí mudados en otros hombres. Grande ejemplo fue, así del propio aprovechamiento como del aprecio que hacían de la educación que se daba a sus hijos, lo que aconteció por este tiempo con un indio muy racional y principal cacique del pueblo. Cayó por su desgracia en un exceso de que él solía corregir a los suyos. Estos, o llevados del mismo fervor, o de una perniciosa complacencia de venganza, lo despidieron sin dejarlo entrar a su casa cargándolo de injurias. Sufrió humildemente aquellos ultrajes, que en otro tiempo hubiera lavado con sangre, y corrió a buscar consuelo en los padres. No halló en ellos mejor acogida: prevenidos de su arribo habían mandado cerrar la puerta y decirle que no admitían en su casa ebrios y escandalosos. Extremadamente afligido fue al alcalde mayor para que los padres le recibiesen en su gracia. En efecto, lo recibieron con una grave reprensión; pero observan de el buen cacique que no le trataban con aquella misma dulzura y confianza que antes, y sabiendo que diez leguas de allí estaba un alcalde de corte que había ido de México, partió a verlo para que interpusiese su autoridad y los padres le perdonasen enteramente, y no le hiciesen la injuria de desconfiar de su arrepentimiento. Con la recomendación de aquella persona, de quien trajo cartas, y unas muestras tan seguras de la enmienda que prometía, volvió muy consolado a su pueblo y a la antigua estimación de los padres. Habíase huido en el tiempo que faltó de San Luis un hijo suyo que estudiaba en nuestra casa, y el cacique, extremamente afligido de esta desgracia. Todo cuanto habéis hecho conmigo, padres, (les dijo) de no permitir que entrase en esta casa y haberme excluido de vuestra amistad, no ha sido para mí tan sensible como el saber que por mi maldad hayáis despedido a mi hijo. ¿Qué culpa tiene él de lo que yo hice? Si yo pequé me hubierais reprendido a mí, y no despidierais de vuestra casa a mi hijo, pues lo habéis criado en ella, y educado tan cristianamente lejos de los malos ejemplos que ahora lo conducirán a la perdición.

Los padres le desengañaron que no habían sido, ni jamás serían tan inhumanos que castigasen en un hijo inocente el crimen de su padre. Que el niño se había huido, y que después de muchas diligencias no habían podido descubrirle: que siempre que volviese sería recibido con el mismo agrado. Esta aventura, y otras muchas que pudieran referirse de este género aunque de poca importancia entre personas cultas y criadas a los pechos de la religión, pero en la barbarie y austeridad de una de las naciones más feroces y más sangrientas del mundo, da a los que tienen ojos una idea bastantemente clara de la eficacia y suavidad de la divina palabra que con tanta facilidad saca miel y óleo suavísimo de las más duras rocas, y hace de las piedras hijos de Abraham. La situación de San Luis de la Paz era por otra parte ventajosa para excursiones frecuentes a San Luis Potosí. A nuestra Señora del Palmar, a las minas de Sichú, y algunos otros lugares en que no las necesitaban menos los españoles que los indios, y en que a unos y otros se ayudaba con igual caridad.

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