CAPÍTULO 23
PARTE IV
Licencia para la fábrica de un fuerte en Sinaloa
CAPÍTULO 23Visible text1 paragraph
El excelentísimo señor conde de Monterey había por este mismo tiempo condescendido a las instancias de don Alonso Díaz, capitán de Sinaloa, concediéndole veinticinco soldados que estuviesen de asiento en la villa de San Felipe y Santiago. Partieron escoltados de esta pequeña tropa a la misma provincia un padre y un hermano. El arribo de los soldados y los padres, causó grande regocijo a los españoles a los indios amigos. Solo Nacabeba cada día más atrevido con el favor de los tehuecos se oponía con nuevos insultos a cuantos medios se tomaban para asegurar la tranquilidad. A pocos días de llegados los nuevos presidiarios, tuvieron los tehuecos el atrevimiento de poner fuego a las iglesias de Matapan y Bavoria. El día mismo de la pascua amanecieron en las cercanías de la villa flechados cinco caballos. Estos pequeños sustos los contrapesaba el Señor con grandes consuelos en la quietud, la devoción y la piedad de los pueblos pacíficos. En la semana santa se celebró la memoria de nuestra redención con todo aquel aparato de músicas, procesiones, penitencias públicas, confesiones y comuniones, que pudieran verse en ciudades de muy antiguos cristianos. Solo el padre Juan Bautista de Velasco, en carta al padre provincial, dice haber confesado esta cuaresma más de quinientos indios. Se pretendió, en atención a los buenos efectos de este presidio, se pusiese otro semejante en el río de Zuaque. Dio buenas esperanzas de hacerlo el conde de Monterey, aunque no llegó a ejecutarlo sino su sucesor, como tendremos lugar de verlo en otra parte.
