Historia de la compañía de Jesús en Nueva España coverCAPÍTULO 24
CAPÍTULO 24

PARTE IV

Nuevas conquistas en Topía y la Laguna

CAPÍTULO 24Visible text2 paragraphs
En la Sierra de Topía el padre Hernando de Santarén, y el padre Juan Agustín en la Laguna, ganaban a Dios muchas almas: el primero trabajaba con algunos gentiles y muchos malos cristianos. El segundo, trabajaba con mucho más provecho entre los paganos. Bautizó esto año más de cien adultos, y muchos más párvulos, y casó treinta pares, fuera de muchos otros que redujo a vivir con sus mujeres, las cuales tomaban y dejaban con la misma facilidad. El principal fruto de fruto de este año fue la población de Santa María de las Parras, a poca distancia de la Laguna de San Pedro. Este proyecto formado e intentado desde la primera entrada de los misioneros, no había, por la barbarie e incapacidad de los indios tenido efecto alguno. La constancia y la dulzura del padre Juan Agustín, venció al fin la obstinación de los naturales y el amor a aquellos bosques en que habían nacido, como consta de un antiguo instrumento otorgado ante Martín Zapata, por mandado del capitán Diego de Robles, en 18 de febrero de 1593. A principios de este año, quince caciques los más cristianos, con todas las gentes don su dependencia, se habían pasado a la nueva colonia y formado un pueblo de cerca de dos mil moradores. Habían fabricado una pequeña iglesia y casa para el padre, de que él había hecho un hospital en que personalmente asistía y curaba a los enfermos. Esta caritativa providencia le obliga a tomar la superstición temida de algunos de los indios, y singularmente de la nación de los payos. Estos, no atreviéndose a ver morir alguno por temor de que luego había de venir sobre ellos la muerte, no aguardaban la última hora para enterrarlos, y pocos días antes supo que una india muy anciana, creyendo que no había de sobrevenirle más enfermedad que les sirviese de aviso, la enterraron buena y sana para librarse del continuo susto en que los tenía de hallarla muerta. No podemos concluir mejor la narración de los apostólicos trabajos del padre Juan Agustín, que con un breve rasgo de una de sus cartas. «Fuera (dice) del continuo ejercicio de la doctrina y catecismo le tengo de bautizar, confesar, casar y pacificar no solo a los indios, sino a extranjeros y españoles, y lo hago con mucho gusto y confusión mía de ver cuan a manos llenas me da el Señor en que servirle, y cuan mal y poco me dispongo a ser instrumento digno de su divina Majestad para salvar las almas. Guerra me hace el demonio, y algunas veces muy cruda. Pocos días ha me vi tan lleno de tristeza y sequedad, que taedebat animan meam vitae meae. ¡O qué paciencia y confianza en Dios es menester para estos ministerios!
En esta tierra, ¡qué no hay de ocasiones! ¡qué soledad! ¡qué caminos! ¡qué desamparos! ¡qué hombres! ¡qué aguas amargas y de mal olor! ¡qué serenos y noches al aire! ¡qué soles, qué mosquitos, qué espinas, qué gentes, qué contradicciones! Pero si todo fueran flores, mi padre, ¿qué nos quedaría para gozar en el cielo? Hágase en mí la voluntad del Señor. En ella quiero andar y no en la mía perversa, en sus manos que por nos puso en la cruz, y no en las mías pecadoras. Quedo animado como vuestra reverencia me manda hasta que venga el ángel de luz que ha de venir por mi compañero. Padecerá mucho y ganará a Dios muchas almas, y consolarme y animarme ha. Yo le amaré, le serviré y obedeceré, pues que con otras almas ayudará también la mía a caminar al cielo. Por la misericordia de Dios cada día espero la muerte, y para recibirla pido a mi Dios el espíritu contribulado, el corazón contrito y humillado, que con esto el sacrificio de mi alma le será acepto, y suplirá el sacramento si faltare quien me le administre, pues cuatro meses ha que no veo un sacerdote con quien poderme confesar». Hasta aquí este fervorosísimo misionero pintando tan vivamente en su persona lo que tendríamos por inútil repetir en cada uno de los que todo lo sacrificaban al servicio del Señor y ayuda de las almas.