Historia de la compañía de Jesús en Nueva España coverCAPÍTULO 5
CAPÍTULO 5

PARTE V

Baile de la cabellera

CAPÍTULO 5Visible text1 paragraph
Siempre que estos indios salen a campaña y consiguen matar algún enemigo, entre todos le quitan la cabellera, beben de su sangre, manchan con ella sus vestidos, y se raspan el rostro: se mojan las manos hasta empaparlas, particularmente la derecha, porque a su parecer consiguen por medio de esta inhumana ceremonia desterrar la flaqueza, desterrar la pusilanimidad, y repudiar el apocamiento. Acabado este acto le quitan la cabellera con el pedazo que le corresponde de la piel y la ponen en las manos del indio que primero se llegó al enemigo, al que llaman Matador, y miran desde aquel día con particular distinción, aun cuando no haya sido él el que le quitó la vida. Guarda este la cabellera, y no le es lícito descubrirla hasta el día que llegan a su pueblo, cuya entrada se solemniza con la asistencia de los viejos, mujeres y niños que salen a recibirlos adornados lo mejor que pueden. Luego que se incorporan estos con los que vienen de la campaña, descubre el matador la cabellera, y tomando el mejor lugar de la comitiva, da principio al canto que llaman de guerra, el que siguen todos hasta llegar a su pueblo, en cuya plaza dan una vuelta que termina en la puerta de la estufa. Allí entrega el matador la cabellera a dos indios ancianos que el pueblo elige para que la guarden, y se retira para su casa acompañado de sus deudos que lo llevan de la mano, pero sin hablarle, porque en su entrada, y desde entonces comienzan los ensayos del canto y baile para estar más diestros el día de la función. Esta dura dos días que emplean en saltar y danzar al son de un tambor que llaman tumbé; siendo todos los movimientos de sus danzas otras tantas posturas indecentes. Arrojan a los que bailan tortillas, carne, fajas, tiras de cuero, flechas, camusus, y algunos son tan pródigos en estos obsequios, que tiran cuanto encuentran en sus casas, y quedan careciendo de todo. El matador asiste a este baile infernal vestido de negro, y con sus armas en la mano; pero tan feo y horrible como pudiera parecer un demonio. No come en los dos días cosa alguna, y aunque está asistido de los viejos del pueblo y deudos más cercanos, no habla con ninguno, ni tampoco le es permitido mover la vista, baila poco; pero con mucha gravedad, y solo al tiempo de bailar la flecha que él mismo entrega a una india que sale para este fin, que adornan con plumas de diversos colores y otras alhajas para ellos preciosas, como conchas, cuentas chalchivites40 y cascabeles, todo en tanto número, que más bien le sirven de peso que de adorno. Sale con el pelo suelto, descalzo, y con el labio inferior pintado de negro. Cuando baila esta la flecha, se coloca en medio de dos líneas que forman dos indios del baile, y puesta en cruz con la flecha en la mano comienza a dar saltos con arreglo a los golpes del tumbé que le avisa también cuándo debe parar, y cuándo correr con ligereza de uno a otro extremo. Con este baile termina la función de la cabellera, y se retiran a comer a la estufa; pero el matador no puede hacerlo hasta otro día.