Historia de la compañía de Jesús en Nueva España

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Mientras que en México se disponía todo para una función ruidosísima en la colocación de las santas reliquias, cuyos preparativos ocuparon cuasi todo el año, en Pátzcuaro un voraz incendio consumió una gran parte de nuestra iglesia, y habría acabado con toda ella si no lo hubiera impedido la gran diligencia de los indios. Ellos dieron en esta ocasión una prueba bien sensible del grande amor que profesaban a la Compañía. Cayó un rayo en la techumbre de nuestro templo, que había sido, como dijimos, la antigua Catedral. Su maderaje antiguo y seco, y un viento fuerte que reinaba del Sur, animaban la llama. Los truenos y centellas eran frecuentes y espantosas. Iglesia y colegio se tenía muy en breve reducido a cenizas. Los padres en aquella repentina consternación, no habían podido poner en salvo cosa alguna. La intrepidez de los tarascos suplió a todo. Divididos en tres tropas que conducían los tres principales caciques de la ciudad, unos tomaron a su cargo transportar los muebles de la casa: otros con mayor peligro desalojar los altares y asegurar las alhajas de la iglesia; otros finalmente, más valerosos, montaron las paredes armados de los instrumentos necesarios para destrozar el artesonado, y de mantas, capotes y otros géneros mojados, y muchos cubos de agua para sofocar la llama, como en efecto lo consiguieron, sin muerte o fatalidad notable. El valor, la actividad, y sobre todo, el orden con que se ejecutó, hubiera sido admirable en la gente más disciplinada y más culta de la Europa. Los padres volviendo al colegio, no hallaron sino las paredes enteramente desnudas. Del techo de la iglesia se había consumido una gran parte; la mayor y principal se había preservado. Gustosamente daban por perdidos los padres los muebles de la casa. Sentían los vasos sagrado y demás alhajas de sacristía; pero no era posible averiguar donde estaban, ni por otra parte querían ofender a aquellos mismos a quienes se confesaban agradecidos. Poco les duró esto embarazo. Serenado todo aquel alboroto, y reconocido a su satisfacción todo lo que necesitaba de reparo, con el mismo orden fueron restituyendo cuanto habían llevado. Una estampa, una pluma no falló, con grande admiración y reconocimiento de los padres.

Fue mayor aun su sorpresa cuando los tres caciques después de haber tomado sus medidas y conferenciado con los de su nación, volvieron a presentarse al padre rector. Este les dio muy afectuosas gracias por el importante servicio que acababan de hacer al Señor y a la Compañía; pero ellos que no tanto querían mostrarse acreedores al agradecimiento, cuanto empeñarse en nuevos servicios: «Por mucho, dijeron, que a tu buen corazón parezca, padre, que hemos hecho nosotros en preservar de su total ruina la casa de Dios y la vuestra, a nosotros no nos parece haber cumplido con nuestra obligación, mientras vemos destechada y expuesta a las injurias del tiempo vuestra iglesia. Este edificio lo levantaron nuestras manos. A ellas pertenece también repararlo. Tiene también para nosotros la grande recomendación de haber trabajado en ella el primer pastor y padre de nuestras almas, y estar ahí sepultado su cuerpo venerable, cuya atención, prescindiendo de cualquiera otro motivo, sería bastante para empeñarnos a procurarle toda la decencia que alcanzan nuestras fuerzas. Solo te pedimos, pues, nos hagas el honor de reedificarlo a nuestra costa. Sabemos las cortedades que padecéis, y podéis estar seguros, que en esto no os hacemos favor alguno, ni miramos sino a nosotros mismos, y a todo este gran pueblo, a cuyo bien os habéis enteramente dedicado, y en cuya utilidad ceden todos vuestros saludables ministerios». El padre rector agradeció, como debía, tan singular atención a los caciques. Y en efecto, aunque algunas otras piadosas personas concurrieron de su parte con algunas limosnas, todas, ellas no habrían bastado sin la liberalidad de los indios. Se emplearon en esta obra más de quinientos. Venían por las mañanas a trabajar, y sacian al campo coronados de guirnaldas de flores, y de la misma suerte conducían a la iglesia las maderas, con música de sus clarines y flautas, como consagradas al culto de Dios, en que mostraban al mismo tiempo la piedad y la alegría, que tanto aprecia el Señor en las dádivas que se ofrecen a su culto. Con semejantes trabajadores, dentro de muy poco se renovó y aun mejoró la fábrica de nuestro templo, de que algunos días después tuvieron mucho que sentir y en que manifestar de mil modos la aflicción y singular aprecio que hacían de los jesuitas.

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