Historia de la compañía de Jesús en Nueva España

Explore "Historia de la compañía de Jesús en Nueva España" by Francisco Javier Alegre on Textopian. Read with annotations and highlights.

Trasladada la Catedral, era indispensable trasladarse el colegio Seminario de San Nicolás, de que era patrono el cabildo, y de cuya dirección, tanto por condescender con los antiguos deseos del señor don Vasco, como en fuerza de cláusula de fundación de nuestro colegio, se había encargado la Compañía, en cuya consecuencia deban pasar también a Valladolid los maestros de escuela y de gramática. El padre provincial Pedro Sánchez, persuadido a que todos los españoles de Pátzcuaro, y aun la mayor parte de los indios, se procurarían establecimientos en la nueva ciudad, había determinado que se trasladase allá también el colegio. El amor de los paisanos a aquel su antiguo sitio, y el que igualmente profesaban a los padres, no dejó poner en ejecución estas prudentes medidas. Cuando vieron comenzar a despojar las iglesias de todos sus adornos, que las alhajas a que ellos habían contribuido con su trabajo y sus limosnas, que las estatuas y pinturas a que se tenía mayor devoción, eran puestas en carros para conducirlas a la nueva ciudad, al que corrían por cuasi todos los semblantes, manifestaron bien las disposiciones del pueblo, que se hacía aun violencia para contenerse en los límites de un modesto dolor. Pero viendo deshacer los altares y transportar las reliquias que con tanto costo y solicitud había alcanzado de Roma el señor don Vasco, y de que había procurado hacerles concebir la mayor estimación y confianza, no guardaron medidas. Prorrumpieron en sollozos, que degeneraron breve en un tristísimo alarido. De la iglesia pasó a las calles vecinas, y muy luego a toda la ciudad. De todas partes acudían a millares; unos cercaban la iglesia, otros los carros ya cargados. Cada uno suspiraba por el santo de su mayor devoción, cuyo nombre repetían con voces lastimosas, y entre la multitud se oía sonar con un tiernísimo afecto que aumentaba la aflicción el nombre de don Vasco, del obispo santo, del padre de los tarascos, del fundador de Pátzcuaro. Seguramente entregada la ciudad al pillaje de una nación enemiga, no se habría visto en mayor consternación. Procuraban algunos consolar al pueblo con muy bellas razones; pero eran inútiles todos los esfuerzos, mientras veían crecer a cada instante los motivos de su congoja. Intentaron descolgar una hermosa campana que había mandado fundir y consagrado con grande solemnidad y aplauso de toda la multitud el señor don Vasco de Quiroga. Era esta el único consuelo y recurso en las tempestades de truenos y rayos, de que había sido antiguamente muy molestado el país. A este espectáculo, mudaron de semblante las cosas. De un pesar agravado, se pasa muy fácilmente al furor y a la cólera. Los indios corrieron prontamente a sus casas, se arenaron de sus arcos y flechas, y volvieron en tropas a la defensa de la torre. Los españoles interpretando aquel movimiento, no tanto, como era en realidad, por una piedad imprudente, cuanto por un principio de rebelión que había hallado ocasión de prorrumpir con este bello pretexto, se armaban ya, se nombraban oficiales, y se procuraban poner en estado de defensa. Pareció bien en esta ocasión todo el ascendiente que tenían los jesuitas sobre aquel gran pueblo.

Persuadieron fácilmente a los españoles que aquella no era sedición contra el soberano, ni era justo alumbrarles con la misma precaución y desconfianza un delito de que ellos no habían dado hasta entonces el menor indicio a los indios: que la intención de su Ilustrísima no era privarlos de aquel consuelo; que se habían tomado aquellas providencias en la persuasión de que ellos vendrían a mudarse a Valladolid, donde se les prometían tierras más fértiles, y temperamento más sano; que si después de todo querían permanecer en Pátzcuaro, no se les molestaría más en el asunto, ni se les daría más motivo de inquietud. Con estas palabras cesó por entonces aquel tumulto, que sin duda hubiera tenido funestas consecuencias, y revivido después con mayor fuerza si no se hubiera tomado la providencia de dejar allí la campana.

Reading navigation