Explore "Historia de la compañía de Jesús en Nueva España" by Francisco Javier Alegre on Textopian. Read with annotations and highlights.
No eran menores los progresos en los espirituales ministerios, tanto en México como en Pátzcuaro y en Oaxaca. En la capital de Michoacán correspondía maravillosamente el fruto a la expectación con que habían sido recibidos en ella los jesuitas. La escuela de niños, que cultivaba con el mayor esmero el hermano Pedro Ruiz de Salvatierra, para un taller donde se formaban desde los primeros años muy ajustados cristianos, aun entre los indios, cuya amable simplicidad favoreció no pocas veces el Señor, aun a costa de algunos prodigios. Se estableció desde luego el uso de las misiones circulares por los pueblos vecinos, ocupación en que florecieron en este colegio hombres insignes, heredando, digámoslo así, unos de otros el fervor y el espíritu apostólico, de quienes esperamos hablar más largamente en otra parte. Un solemne jubileo que se publicó este año, ofreció buena ocasión para comenzar con esplendor este ejercicio. El confesonario y el púlpito partían todo el tiempo de nuestros operarios. El primer cuidado fue traducirles en lengua tarasca las oraciones y la explicación de nuestros dogmas y preceptos, de que había mucha ignorancia en los pueblos algo distantes. Se les procuró introducir el uso santo de cantar la doctrina cristiana, en que entraron con tanto ardor, que en las calles y plazas, y aun trabajando en sus oficios o labranzas del campo, se oían incesantemente los misterios de la fe, haciendo unos pueblos a competencia de otros, grandes progresos en esta sabiduría del cielo. La veneración en que tenían a su sacerdote y hechiceros, era uno de los mayores obstáculos a su salud. Estos fanáticos, fingiéndose en hombres inspirados, les amenazaban con la muerte y con la desolación de sus tierras, y publicaban tener en su mano la salud, la riqueza y la fertilidad, cuyas vanas esperanzas vendían muy caras a aquella gente infeliz, haciéndola servir a su ambición, a su sensualidad y a su codicia. Esto fue lo primero que procuraron extirpar los misioneros, exponiéndose a todos los resentimientos de aquellos ministros del infierno, que llegaban a experimentar no pocas veces; pero el Señor por otra parte autorizaba sus empleos apostólicos, y disponía en su favor los corazones de los pueblos. En uno de ellos, estando el padre bendiciendo agua en la sacristía, entraron muchos indios extremamente afligidos del estrago que los ratones causaban en sus cementeras, sin que hubiese bastado a exterminarlos diligencia alguna. Suplicábanle que pasase a visitar personalmente sus heredades, creyendo que a la presencia de un ministro de Dios cesaría aquella calamidad. La viva fe de aquellos nuevos cristianos animó la del padre, y saliendo a la iglesia les hizo una breve exhortación sobre los desórdenes de su vida, fuente ordinaria de los temporales trabajos. Hízoles luego traer muchas vasijas y cántaros, y bendiciéndoles, les mandó que echasen de aquella agua santa en sus milpas, nombre que dan a las cementeras del maíz.
El Señor, según su palabra, concurrió al fervor y devoción de aquella gente humilde y afligida, y pasando poco después por aquel pueblo el misionero, le dieron las gracias del alivio de sus miserias y felicidad de la cosecha.