Historia de la compañía de Jesús en Nueva España

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Sin embargo, por no faltar lo que se había convenido con un cuerpo tan respetable, se enviaron allá dos sujetos de grande religiosidad, que fueron los padres Juan Sánchez y Pedro Gutiérrez. El primero por superior de aquella residencia, y el segundo de maestro de gramática, a que se añadió poco después un hermano coadjutor para la escuela. El regimiento de la ciudad había prometido al padre provincial que poco antes había venido de la visita del colegio de Pátzcuaro, ayudar con lo que predican al acomodo de los nuestros. Hospedáronse estos en una casa muy antigua y ruinosa que los demás habían despreciado. El padre Juan Sánchez, hombre industrioso y perito en la arquitectura y matemáticas, la aseguró lo mejor que pudo. De un establo y otra pieza que se le añadió reformó una pequeña iglesia, tanto más devota cuanto más semejante a la primera habitación que tuvo el hijo de Dios sobre la tierra. Dos de los regidores se encargaron de juntar entre los vecinos alguna limosna para el colegio. Estos eran tan pocos, que apenas llegaban a cuarenta, y todos pobres; sin embargo, se dieron a esta piadosa fábrica algunas deudas, aunque pocas de ellas se cobraron. A los ocho días trajeron los diputados a casa las escrituras y entregaron al padre superior diez pesos y tres reales en plata. Por la cortedad de este donativo será fácil conocer las necesidades que pasarían los fundadores de Valladolid en los primeros meses. El señor obispo entre las muchas y gruesas limosnas que hacía a toda la ciudad, no se olvidó de los jesuitas, pero más que todos se esmeraron en procurarles todo alivio las dos religiones de San Francisco y San Agustín. Los dos esclarecidos conventos, de concierto entre sí quisieron tomarse la obligación muy propia de su caridad, de enviar cada semana al colegio lo necesario de pan y carne, y tal vez algunas cosas pertenecientes al servicio de la iglesia. Piadosísimo ejercicio en que constantemente perseveraron todo el tiempo que aquella casa destituida de fondos no podía sostenerse por sí misma, que dura aún y durará siempre en la memoria y agradecimiento de aquel colegio y de toda la provincia. Tales fueron los principios de esta fundación, fecundos en abatimientos y en pobreza, que llevaban aquellos primeros jesuitas con una alegría y prontitud de ánimo muy propia de su instituto apostólico y poderosa para conciliarse el afecto y veneración de toda la ciudad. Hombres, que abandonándose enteramente al cuidado de la Providencia, solo procuraban el alivio y la salud de sus hermanos. Como si no tuvieran cuerpos que sustentar y que vestir, se les veía del todo ajenos de aquellas congojas que tercian embargada la ciudad, recogidos dentro de casa entregados a la educación de la juventud y a sus religiosas distribuciones. No parecían en las calles sino predicando los días de fiesta, o con la campanilla en la mano juntando a los niños y gente ruda para la explicación de la doctrina.

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